Monti, Letta, Renzi, Gentiloni… no pasa nada

Setenta años de Republica y 63 gobiernos, un record de inestabilidad en una Europa que salió de la Guerra con voluntad de estabilidad y crecimiento. Pero Italia es un caso aparte, una sociedad singular, escéptica y compleja, que sabe disociar los planos y conllevar diferencias muy acentuadas. La brecha entre el sur y el norte italiano es mucho mayor que la española; Roma no es Madrid, carece de la vitalidad de la villa-capital española pero gestiona su peculiaridad de sede de dos estados con habilidad vaticana.

Uno de los valores de la democracia española fue la estabilidad, la previsibilidad; hasta fechas muy recientes los gobiernos españoles eran previsibles, sin apenas sorpresas. El último año ha sido el de la inestabilidad y la impotencia. Felipe González dijo hace un par de años que nos empezamos a parecer a los italianos, pero sin sus sutilizas, sin esa experiencia extraordinaria para simular, para aparentar y para evitar deslizarse al abismo.

España ha pasado un año sin gobierno (una anomalía) que no ha girado, por ahora, factura en términos de desorden o incapacidad. Italia ha conocido en cinco años cuatro gobiernos con la misma composición parlamentaria. Ninguno de los cuatro últimos presidentes fue elegido para ese cargo, al que han llegado como resultado de iniciativas del presidente de la República o pactos de partidos con carácter siempre provisional.

Monti llegó con perfil tecnócrata, profesional, y todo el apoyo europeo; iba devolver a Italia la seriedad tras las peripecias de Berlusconi, que cabalgó de escándalo en escándalo, para desesperación de la canciller Merkel y de otros jefes de gobierno. Monti no fue la solución, no pudo con las cámaras legislativas. Le sustituyó Letta, otro tecnócrata con prestigio y juventud pero carente de ese instinto asesino que los políticos de cabeza necesitan para sobrevivir. A Letta le asesinó, políticamente, Renzi, un joven con más ambición que sus predecesores, del mismo partido que Letta. Y Renzi se ha suicidado como primer ministro por exceso de pretensión, por proponer un plebiscito personal disfrazado de reforma constitucional.

Le sustituye un amigo, un compañero menos ambicioso y más sutil, que tiene que sacar adelante un sistema electoral nuevo una vez que las reformas promovidas por Berlusconi y Renzi han hecho añicos el modelo. El nuevo primer ministro, Gentiloni, no parece que haya llegado para quedarse, para encabezar una lista en las próximas elecciones que se celebrarán, antes o después, en 2017. Aunque cuando llegue la hora la lista de candidatos puede ensancharse con nuevos nombres hoy impensables.

Italia conlleva euroescépticos activas, derecha dura, secesionistas, los viejos democratacristianos que nunca se van, los socialistas que cambian de nombre y los viejos comunistas que ya no lo aparentan. Hasta 23 partidos recibió el presidente de la República este fin de semana para encargar gobierno (como estaba previsto) al sugerido por Renzi. En un plazo que no llega a la semana Italia ha cambiado de gobierno y no pasa nada, se van algunos, quedan muchos y los nuevos en realidad no lo son. Son varios siglos de sutilezas y resistencias, gente muy entrenada y preparada para sobrevivir.