Europa y su frontera este: Erdogan y Putin

Putin y Erdogan

La Unión Europea ha sido y es un invento político de singular valor, sometida siempre al riesgo del fracaso que pretenden eurófobos y euroescépticos que hacen ruido pero que no han conseguido, hasta ahora, su objetivo. La Unión nació por escarmiento de sucesivas guerras a lo largo de varios siglos, especialmente las dos grandes guerras del siglo pasado. La cooperación de Francia y Alemania para crear una comunidad supranacional sui géneris, en construcción lenta, a arreones, como las catedrales góticas, constituye una de las aventuras más sugestivas del último medio siglo. Al proyecto se han sumado hasta 28 países, con algunos más en la cola de entrada y alguno en la de salida.

Es la Europa de la civilización greco romana, también del cristianismo, extendida al norte y con el permanente interrogante del este, de la frontera con Rusia por un lado y con Turquía más al sur. La Unión Europea sostiene un debate interno que no acierta a resolver sobre sus fronteras al este y más en concreto frente a los que han sido imperios que a estas alturas del siglo XXI quieren volver a acreditarse como potencias regionales y algo más.

Putin y Erdogan son los líderes políticos de Rusia y Turquía durante lo que va de siglo XXI, los dos de edad y trayectorias semejante, los dos con credenciales casi-democráticas, bendecidos por elecciones ganadas por amplia mayoría y sin oposición significativa que suponga contrapoder, los dos con pleitos territoriales internos que combaten sin restricciones, los dos desafiantes frente a una Europa que responde con tibieza.

Putin con la llave de paso del gas ruso, y Erdogan con la capacidad de abrir el grifo de varios millones de emigrantes que buscan asilo y oportunidades. ¿Puede la Unión Europea soportar la presión del riesgo de que se abran los dos grifos del este? En estos momentos no está nada claro, no hay ni estrategias ni alternativas. Más aun sin la fuerza adicional del amigo americano, sin la presencia activa y firme de la OTAN, la posición europea se debilita por semanas.

La llegada a la Casa Blanca de un Presidente imprevisible complica la frontera este de Europa, limita la capacidad de interlocución y respuesta. Erdogan y Putin se sienten más fuertes con Trump en la Casa Blanca y la canciller Merkel se percibe más débil. Tanto que Alemania tiene que refrescar sus relaciones bilaterales con Rusia y con Turquía, especialmente con Erdogan que tiene creciente influencia en la comunidad turca instalada en Alemania a la que financia para mantener su identidad, incluso a riesgo de involucrarse en los asuntos alemanes, intromisión insoportable para cualquier nación soberana.

La aventura de la Unión Europea ha tenido siempre un vigilante amable en los Estados Unidos, el gran aliado que contribuyó al buen fin de las dos guerras europeas. Un vigilante escéptico del proceso pero con una cultura y una historia de hermano leal. Ahora ya no está tan clara esa lealtad, por pragmatismo y por otras razones difíciles de evaluar en estos momentos los intereses de la administración Trump puede colocarse más cerca de Erdogan y Putin que de Merkel y Hollande.

Europa vive unas circunstancias excepcionales, se han agotado los réditos de la guerra fría y las postguerras. Por eso en Francia se nota el renacimiento de la vieja alianza con Rusia, una relación estratégica de mutuo interés frente a Alemania. Por eso Italia vuelve a ir a su aire sin alianzas firmes. Y por eso España, en la periferia tiene que cuidar más que nunca el equilibrio con los vecinos al norte y al sur (y al oeste) y la complicidad con Alemania. Con los británicos ya se sabe, solo caben intereses. Entretanto, ¿Quién se ocupa de la integración europea? Con cuidarse de la frontera sobra tarea.

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