Los juegos malabares del PSOE

La situación del PSOE es agónica, está en la mejor posición teórica pero tironeado por todos los lados corre el riesgo de deshacerse. Los socialistas gobiernan en varias comunidades o ayuntamientos aliados con el PNV, con nacionalistas canarios, con Ciudadanos, con Podemos… o permiten gobernar a Podemos, al PNV, a canarios, incluso a nacionalistas catalanes y en algún caso al PP. Un caso de contorsionismo político que supone riesgos y debilidades, pero también fortalezas y oportunidades. Nadie tiene la capacidad de pacto para gobernar que acreditan los socialistas.

Sin embargo esa capacidad descarrila en casa, entre las distintas corrientes socialistas que son algo consustancial al propio PSOE. Los populares tienen dificultades evidentes para pactar con el resto de la cámara, llegan a Ciudadanos (con reservas) pero poco más. Sin embargo acreditan una capacidad de asimilación extraordinaria de todas las corrientes que habitan en la derecha y en centro político.

Liberales, democristianos, conservadores, incluso regionalistas de muchos colores acampan en el PP sin dejar espacio alguno en la derecha, ni siquiera en la extrema. Una fortaleza del PP que no se puede desdeñar. Esa capacidad de integración y ampliación del propio espacio político es una de las condiciones para ganar elecciones.

Los socialistas de los años ochenta disfrutaron de esa capacidad, cuando desbordaron al viejo Partido Comunista que tenía argumentos para aspirar a encabezar la izquierda por los méritos acumulados durante la última etapa del franquismo, especialmente desde que aplicaron la tesis de la “reconciliación nacional”. Pero fueron los socialistas los que recogieron los frutos de aquello. Unificaron todas las siglas socialistas (incluido el pacto con las familias socialistas catalanas) hasta que tropezaron con UGT, con Nicolás Redondo, y se produjo “la desavenencia” concretada en la huelga general de 1988 que rompió la hegemonía de Felipe González. Desde entonces el socialismo español ha ido dando bandazos sin concretar su estrategia. Zapatero fue un paréntesis bendecido por la coyuntura, por la guerra de Irak y sus secuelas, pero el PSOE no se adaptó al siglo XXI.

Por eso ahora tiene que practicar unos juegos malabares con alianzas múltiples y oportunistas que carecen de guion, de eso que ahora llaman relato. La elección de Pedro Sánchez fue un tiro a ciegas, por si sonaba la flauta. No sonó. Y ahora hay que buscar un nuevo equilibrio interno para evitar que el partido desaparezca, una vez arruinado el valor de la marca. Porque la marca vale varias decanas de diputados, y eso lo saben cuántos encabezan las distintas familias que pugnan por dominar el partido, incluidos los catalanes que han gozado de una singular franquicia que cada día vale menos porque sus resultados son decepcionantes.

El regate de Iceta buscando una alianza con Colau y en Común Podemos, como amenaza al socialismo español que se propone revisar el acuerdo de 1978 es una señal del deterioro de la vida interior socialista. Tanto jugar a malabares, tantos platos o pelotas en el aire, hacen imposible tocar suelo, disponer de la serenidad suficiente para saber: quiénes son, de dónde vienen y adónde van. Puro san Ignacio de Loyola.