Frente a la corrupción, ni atrición, ni contrición

Ciudadanos PP

El espectáculo de la política española discurre entre la farsa y el drama, una obra mala en el libreto y en la representación. El desfile de entrada y salida del Congreso de las respectivas cuadrillas, con el jefe al frente y la pandilla y meritorios alrededor, entre una nube de cámaras que producen imágenes inútiles, forma parte de la liturgia estéril que rodea la investidura, los pactos y los rechazos. Una liturgia y una representación lamentables.

El libreto no es mejor, las condiciones exigidas por Ciudadanos son precisas en sus enunciados, pero tienden a desvanecerse a medida que tratan de concretar. Podrían lograr algo importante y regenerador, pero también puede quedar en nada o muy poco, con el paso del tiempo. El problema de fondo es la sinceridad y la voluntad política; muy poco de ambas virtudes.

En el caso de la corrupción el PP consiguió sin coste retirar el nombre de Bárcenas de los documentos, un triunfo menor, pero importante porque ese nombre está prescrito en el partido, es impronunciable. El problema de la corrupción más que Bárcenas es el encubrimiento, la falta de ganas de reconocer los errores, de asumirlos y de comprometerse a no reincidir.

La negociación de hasta dónde las dimisiones, cuándo deben producirse... tiene tinte ridículo, nacional SI, pero autonómico y local, NO, o depende, o ya veremos. Lo que es evidente es que en el PP y Rajoy (ahora son sinónimos) no hay atrición, no hay pesar por las ofensas y faltas, ni tampoco hay contrición, arrepentimiento y propósito de no volver a actuar mal.

No es creíble la actitud del PP ante la corrupción desde el día y hora que no ha reconocido nada, no ha corregido casi nada, solo lo más evidente y no tanto como castigo cuanto ajuste de cuentas entre las tribus del partido que han aprovechado la coyuntura para ganar posiciones y hacer retroceder a algunos adversarios.

No hay atrición porque no hay temor al castigo por las ofensas; tal y como algún magistrado afín al PP ha escrito, el electorado ha asimilado la corrupción como algo no evitable, que forma parte de la naturaleza de las cosas, por lo que no hay que pedir cuentas. Una verdad a medias porque a los dos partidos tradicionales, PP y PSOE, les ha pasado factura con pérdida de votos (entre un tercio y la mitad) pero no suficiente como para amenazar definitivamente su existencia.

En Italia la corrupción se llevó por delante a la democracia cristiana y a los socialistas, que desaparecieron; aquí no parece que vaya a ocurrir algo semejante. De manera que no hay propósito de enmienda, ni siquiera reconocimiento de las ofensas. Los electores no han castigado lo suficiente, mantienen la vida a los partidos, incluso al de Pujol, aunque les han dejado maltrechos. Tanto como al país, una sociedad cada vez más escéptica y descreída, más desconfiada y derrotista, que es el mayor daño.

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