El alguacil, alguacilado o el “caso Interior”

El ministro del Interior está indignado porque alguien ha grabado y difundido una conversación embarazosa. Tan indignado que ha pedido a los servicios de seguridad que de él dependen que investiguen quién escucha. Llama la atención que el primer escuchador del reino, el ministro del Interior, se indigna porque le escuchan. O es un ingenuo o es un imprudente. Le llama la atención que alguien difunda esa conversación a pocos días de las elecciones, para hacer daño. ¿Le sorprende?, ¿no es esa una estrategia política habitual?

El anterior Presidente de Telefónica explicó en una junta general de la compañía que cualquier ciudadano quiere evitar ser escuchado que utilice un teléfono muy elemental, una carraca. El riesgo de ser escuchad es alto, se escucha mucho y se utilizan esas escuchas para perseguir el crimen, pero también para otros objetivos menos provechosos para la comunidad.

Peor aún, las tentaciones a las que se ven sometidos los profesionales de la escucha son irresistibles cuando no hay mecanismos preventivos. Y por lo visto no les hay, desde hace tiempos. El caso Perote mandó un potente aviso de lo que podía salir del uso interesado de los servicios de inteligencia. Colocarse al servicio del Estado por la mañana y de otros intereses más provechosos por la tarde significa un perversa tentación irresistible para algunos.
La transición y la recomposición del Estado de un sistema autoritario y arbitrario a uno democrático y sometido a la ley ha pasado por muchos ámbitos de la sociedad y del Estado, pero no por todos. Hay zonas de sombra, cloacas del Estado en terminología de Felipe González, que funcionan con intereses diversos y confusos, que incluso saben utilizar a los medios informativos para ajustes de cuentas u otros objetivos inconfesables.

Al Ministerio del Interior compete taponar esas fugas, dar valor a la ley en esa difícil tarea de perseguir y prevenir la delincuencia y la corrupción. Por eso mismo debería ser muy resistente para no incurrir en la utilización de los servicios para intereses partidistas, por no resucitar el modelo GAL y no separarse de la ley.

Alguien de los escuchan en la zona de sombra le ha jugado una mala pasada al ministro, que demuestra que no es ni listo ni prudente. La respuesta de éste ha sido tópica, evasiva, negar las evidencias y buscar excusas que crean nuevos problemas sin resolver los originales. Al ministro le han pillado embarcado en un comportamiento irregular y peligroso y tiene que asumir sus responsabilidades. En cualquier país serio el precio es conocido y automático, y los presidentes de gobierno saben lo que tienen que hacer, que va desde encubrir a sus colaboradores con alguna explicación suficiente o dejarles (hacerles) caer.

Aquí no va a pasar nada; otro escándalo a la mochila, munición para lo que queda de campaña electoral con pocos efectos. Pero es obvio que el funcionamiento de los aparatos de seguridad (?) es muy mejorable, que hay situaciones anómalas y que cuando los servicios de inteligencia y seguridad van a su aire hay consecuencias inquietantes. El ministro es víctima de sus marrullerías, y el Estado víctima de los marrulleros. Mientras los ciudadanos ya ni se asombran del espectáculo, están permanentemente asombrados y curados de espantos.