Las campañas del miedo y la alcaldía de Roma

Los del establecimiento tanto en Gran Bretaña como en España recurren al argumento del miedo para sustentar unas campañas electorales que no les van bien. Cameron, aprendiz de brujo en cuestión de convocar referéndum, ha llegado más lejos que sus colegas en favor del Brexit a la hora de pronosticar catástrofes. Si la campaña para dejar la Unión está preñada de mentiras, exageraciones, monsergas... la oficial a favor de permanecer anda sobrada de exageraciones. El resultado, sea el que sea, no va a satisfacer a nadie y va a dejar heridos en ambos bandos, además de una opinión pública confusa, irritada y frustrada. El resultado final de esta aventura no ha añadido valor al debate público británico, ni tampoco al europeo.

En España, cuya campaña electoral bis corre paralela al referéndum británico, el discurso del miedo también se ha adueñado del debate y todos los partidos se abrazan a ese argumento. Rajoy se ha apoderado del concepto de “los moderados” (utilizado por otros meses con la cuestión catalana como fondo y no precisamente para apoyar a Rajoy) para advertir que los demás, de Ciudadanos a Podemos son extremistas o trabajan para el extremismo. Muy probablemente alguno de los asesores estratégicos de Rajoy recuerde lo decisivo que fue para el triunfo con mayoría relativa de Suarez en 1977 el argumento del miedo a la izquierda, al comunismo y sus escuelas. Arañó la mitad del voto de los indecisos (el resto se abstuvo), tres puntos decisivos para poder formar gobierno.

Socialistas y “podemitas” también utilizan el miedo como argumento cuando sostienen que solo ellos pueden despedir a Rajoy y lo que significa de recortes, ajustes, desigualdad. Con argumentos las más de las veces superficiales y frívolos. Incluso Ciudadanos, que su propio carácter debe ser el partido más moderado y pactista, se deja tentar por el argumento del miedo a unos y otros. Desde el miedo se razona mal, se argumenta mal; el miedo incide en lo emocional, en demérito de lo racional; el miedo no habilita el consenso, ni el entendimiento, ni la reflexión. Quizá por eso la campaña es tan pobre de argumentos, tan deficiente en las explicaciones.

El caso italiano con el éxito de la candidata a la alcaldía de Roma (Virginia Raggi) por el Movimiento 5 Estrellas (Grillo), una abogada de 37 años sin experiencia política, también es ilustrativo. Ha obtenido en la segunda vuelta dos tercios de los votos, un resultado abrumador, arrollador, que debilita el reformismo del presidente del consejo de ministros, Mateo Renzi. Los romanos quieren cambio aunque suponga apostar por un libro abierto y en blanco, prefieran probar algo nuevo aunque no sepan ni cómo huele, ni cómo sabe. Han decidido cambiar para probar. Ese es el sustento de fondo de Podemos, son alternativa a algo que no gusta, la opción del cambio. De Iglesias se espera poco, de hecho no gusta, es el peor valorado, sus posición ideológica es la más desviada de las preferencias de sus propios votantes, pero su alternativa es nueva, inédita, sirve para despedir a los de siempre que no se quieren ir ni se quieren renovar.

De manera que hemos entrada en una fase política incierta, muy abierta, de experimentación, con consecuencias unas buscadas y otras no tanto, que rompen las hipótesis razonables o previsibles para adentrarse en tierra ignota.