Reporteros en libertad, algunas evidencias

periodistas liberados

Tres periodistas secuestrados durante casi un año en Siria han regresado a España sanos y salvos, aunque con las inevitables secuelas de un largo cautiverio, preñado de incertidumbres inquietantes para ellos y para sus familias y amigos. También para la propia profesión que comprueba que en territorio de guerra los periodistas valen poco, sirven para conseguir rescates, canjes o, simplemente, para aterrorizar. Los asesinatos más crueles de algunos periodistas (también cooperantes) anglosajones, grabados en video y difundidos al mundo, fijan el límite de la vesania de los secuestradores; mientras que la entrega de algunos de los secuestrados tras complejas negociaciones a varias bandas establece otro límite para estas situaciones.

Los tres periodistas que regresaron a casa este fin de semana encontraron a sus familias a pie de pista, también a la vicepresidenta del Gobierno que representaba a cuantos desde Exteriores, el CNI y la Moncloa se han ocupado con acierto de la negociación para rescatar a los secuestrados. Y punto, ningún editor o director esperaba a los reporteros, ningún medio puso asumir la tarea de ocuparse de sus compañeros, los tres son autónomos, free-lance, huérfanos de medio. Un hecho que quiere decir algo, que no es neutral, que explica algunos de los males de la profesión, la pérdida de foco. Los corresponsales (de guerra y de paz) eran uno de los referentes de los grandes medios. Algo que se va diluyendo, dicen que no es posible pagarles, que no hay seguro que les cubra y que las nóminas no soportan el coste. Por eso se recurre a free-lance, más o menos aventureros, más o menos capaces, más so menos comprometidos y, habitualmente muy mal pagados; en resumen un camino desastroso.

Las nuevas guerras asimétricas del siglo XXI carecen de tolerancia con el periodismo, la palabra PRESS no merece la menor consideración, los periodistas solo sirven como rehenes; a una parte de los contendientes los reportajes, la información les trae al fresco, no les interesa ni para la propaganda. Y a otra solo les interesa la propaganda. Y sin estar en el terreno, sin conocer personajes y paisaje es muy difícil informar, al periodismo se le plantea un nuevo reto para cumplir su misión.

Al corresponsal de guerra clásico hay que añadiré habilidades nuevas para pasar desapercibido, para ver sin dejarse ver, para confundirse con paisaje y paisanaje, para seleccionar y cultivar fuentes y para entrar y salir minimizando los riesgos. Y finalmente para entender lo que luego hay que explicar, para obtener las imágenes, los testimonios y las explicaciones. Los nuevos corresponsales de guerra tienen que ser de una pasta especial: hábiles, prudentes y muy valientes, quizá algo insensatos, también sensibles para captar lo relevante; y además con suerte. Y los medios apenas aciertan a gestionar ese tipo de profesionales. Por eso cuando los tres liberados llegaron a casa ningún editor y director estaba a recibirles, eran huérfanos de jefe. Una señal de peligro y de advertencia.

Sobre el autor de esta publicación