Periodistas desbordados por Trump

Trump

Uno de los comentaristas sénior del Washington Post cumplirá su promesa de comerse su propia columna escrita semanas atrás, una vez consumada la carrera de Trump para encabezar la candidatura presidencial el partido Republicano. Dana Milbank, que así se llama el colega, ha convocado en un restaurante de Washington a quien quiera asistir al espectáculo de cómo se come si propia columna, papel y tinta. Algo así como si el portero del Español se comiera físicamente el balón tras la cantada del cuarto gol el pasado domingo.

Tragarse los errores en público supone asumir una penitencia que puede aconsejar cautela y prudencia, antes de hacer pronósticos campanudos. Hace unos meses muy pocos asumían que el candidato sorpresa, Donald Trump, bocazas, provocador, irreflexivo, quizás peligroso... pudiera ganar la carrera para representar el partido de Lincoln y Reagan. Ha ganado, incluso antes de que la señora Clinton sume los votos necesarios para la nominación demócrata. Trump ha ido tumbando adversarios a lo largo del arduo camino hasta la convención de julio y puede reclamar al poderoso aparato del partido Republicano que haga buenos sus compromisos a pesar del espanto que causa entre los máximos dirigentes, incluidos los Bush.

Trump ha conseguido un seguimiento permanente de los medios no tanto por sus virtudes y por el valioso contenido de sus mensajes como por el espectáculo que proporciona, por las burradas que dice. Las televisiones han asumido que Trump interesa al público, entretiene, asombra por su ortodoxia y dice lo que le viene a la boca, incluso antes de pensarlo. Y se las tiene tiesas a los de siempre.

Los periodistas más conspicuos se asombran ahora del proceso Trump, lamentan el tratamiento frívolo, acrítico, que ha merecido un candidato que les desprecia y les utiliza, al que solo interesan las televisiones como medio de influencia. En eso hay muchas semejanzas con el caso español donde los periodistas clásicos también sienten como les desbordan los nuevos fenómenos mediáticos y políticos que circulan por trayectorias alejadas de su alcance. No es una cuestión de analógico o digital, de papel o red, es algo más complicado y, a la vez, sencillo. Conectar con la gente, con los votantes, no pasa por el periodismo tradicional que tiene que asumir un desplazamiento que no entienden. Los debates de los candidatos, uno a uno, con un panel de periodistas competentes han desaparecido, los mensajes circulan por otros circuitos y los votos se buscan por procedimientos más sofisticados. Trump es un buen ejemplo, primero fue subvalorado, como cohete fugaz para dar color, y cuando se ha convertido en candidato está fuera del alcance de los columnistas, cada vez más tentados por la literatura y la ficción que por los hechos relevantes y su análisis riguroso.

Pocos imaginan que Trump pueda llegar a la Casa Blanca. Menos aun los que conocen su biografía, han leído sus libros y seguido sus programas. Pero está en la carrera, solo tiene que desarbolar a la señora Clinton, que tampoco es una lumbrera aunque acumula experiencia y ortodoxia. El espectáculo continúa.

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