Y ahora el G5, que no es G20, ni G7, ni G2, ni G0

La cooperación internacional, el multilateralismo moderno, se articula en formatos que empiezan por G y que van más allá del ámbito de las Naciones Unidas que surgieron (1945) como lección de la II Guerra Mundial y prevención frente a males semejantes. La experiencia previa de la fallida Sociedad de Naciones (1919) sirvió de referencia para no reeditar el Tratado de Versalles y sus pésimas consecuencias. La nueva ONU ha cumplido setenta años con razonable salud y desempeño, casi 200 países o equivalentes (Palestina, Vaticano…) forman parte del club de algunos de sus organismos vinculados para conformar espacios de discusión, de entendimiento (no siempre) y de cooperación entre las naciones.

Además surgen alianzas regionales o mundiales con distintos formatos y propósitos y con protagonismo desigual según el momento. Primero funcionó el G7, el grupo de los países más influyentes y más ricos en la economía mundial, con reuniones periódicas de sus jefes de gobierno, ministros de Exteriores, de Hacienda y gobernadores de bancos centrales. Luego se añadió Rusia (G7+1 y luego G8) aunque fue excluida como castigo por sus ambiciones imperiales. La fuerza de los emergentes aconsejó un formato de G20, que convoca a otros invitados.
A renglón seguido se apuntó la hipótesis de un G2, Estados Unidos y China, una vez que los primeros mostraron reticencias a un liderazgo hegemónico y los segundos se conforman con ser los más grandes en muchos aspectos, pero no los decisivos, más allá de su ámbito territorial de influencia. Los desistimientos de ambos, cada vez más notorios, permiten sostener que en realidad estamos ante un no-gobierno mundial, una especie de G-0.

La visita esta semana del presidente Obama a Europa ha alentado otro G, el G-5 que sustenta una alianza atlántica de viejos aliados con la unión Europea al fondo de la mesa. Los cuatro países grandes de la Unión Europea (quedan fuera España y Polonia) se han sentado con el socio del otro lado que ha aprovechado para leerles la cartilla y remarcar que Alemania es el aliado principal. A los ingleses Obama les ha dejado claro que no son “primos”, solo socios como los australianos, incluso menos que los canadienses. A franceses e italianos Obama les ha venido a decir que por sí mismos son poca cosa, países menores, intermedios; que su fortaleza está en la Unión Europea, ese ente que se entiende con dificultad en las estrategias internacionales, que algunos ven en retroceso amenazado de descomposición, pero que en la realidad es un actor importante, salvo que no quiera serlo. Obama ha pedido a los europeos realismo, integración, juntos sois más, separados no contáis.

A los populistas europeos de todos los colores el mensaje de Obama les ha sentado bastante mal, les ha pinchado sus globos. El Presidente elogia a Merkel (aunque discrepa de las políticas para la recuperación que patrocina Alemania) y le ha brindado una frase concluyente: la historia está de su parte, con referencia a la política sobre refugiados.

Este G-5 recién inventado no va a tener mucho juego de futuro, ni siquiera una estructura estable, pero al menos manda una señal del orden de preferencias.