¿Caben Podemos y PSOE en la misma sala?

El problema de PSOE y Podemos es que disputan un espacio muy semejante, ambos quieren ser el grupo dominante de la izquierda porque el que quede por detrás está condenado a menguar con el riesgo de desaparecer. Desde el éxito de Podemos en las europeas (han pasado casi dos años) cuando logró cinco diputados y un 8% de los votos hasta los 69 diputados y 21% de las generales de diciembre, la progresión de la nueva formación es amenazante para los socialistas. Sienten el aliento en el cogote y perciben que el caso del socialismo griego puede reeditarse en España.

Las señales de un posible entendimiento emitidas por Sánchez e Iglesias después de una conversación cara a cara con mucha escenificación, antes y después, y con bastante trabajo discreto previo de sus colaboradores, abre alguna ventana de pacto de gobierno, pero con posibilidades muy limitadas. Dos grupos políticos muy distintos en casi todo, que pretenden los mismos votos; es poco verosímil que puedan soportarse en la misma mesa de toma de decisiones. Ambos han retirado vetos, críticas, incompatibilidades pero nada más, sus intereses no son complementarios, suman mal aunque argumenten que la aritmética les otorga 161 escaños.

Sánchez está abrazado a Ciudadanos con buenas razones y un acuerdo detallado en el bolsillo. Y trata de sumar a Podemos para formar una mayoría aparentemente abrumadora, pero todavía insuficiente para las reformas constitucionales que se proponen adoptar.

Algunos pretenden que la conversación entre Pedro y Pablo aleja la hipótesis de nuevas elecciones en junio y acerca la tesis de un gobierno de coalición a tres para antes de mayo. Pero no está nada claro que lo segundo se imponga a lo primero. “Deconstruidas” las dos conferencias de prensa de Pablo y Pedro y la escenografía desplegada por decorarlas queda poca sustancia. Han abierto la puerta a una nueva reunión a tres: Pedro, Pablo y Albert, lo que el primero llama “fuerzas del cambio”, pero las distancias entre ellos son enormes y la complementariedad dudosa.

El trofeo de mandar al PP a la oposición y a Rajoy a la jubilación es magro, solo sirve para un día, luego hay que gobernar y atraer a los votantes, tarea harto compleja. A medida que pasan las semanas aumentan las dificultades y para el nuevo gobierno se amontonan los problemas y las decisiones incómodas. La cuestión radica ahora en identificar al que tenga que romper la negociación (el malo de la película) o en compartir el riesgo de gobernar repartiendo costes y soportando lo menos posible.

De todas estas rondas de baile el que sale como artista principal es Sánchez, lleva el ritmo y marca los pasos, atiende los dos frentes al tiempo: el interno donde ha reducido la oposición y condenado a su adversaria principal al recinto andaluz, y también el externo donde lleva la iniciativa y reduce resistencias y críticas sin renunciar a nada.
Mientras Rajoy dice a quienes quieren escucharle que no pasa nada, que habrá elecciones en junio, que las va a ganar y que seguirá gobernando este año y los próximos. Flemática seguridad que puede ser tan fundada como suicida. Abril va a ser un mes intenso para trabajo en la sombra (mucho más del que se nota y se cuenta) y para el postureo. El Congreso sigue siendo un gran plató de televisión.