El largo viaje del PSOE al federalismo confuso

El PSOE que resucitó para sumarse al postfranquismo y la transición era federal por definición sin que estuviera muy claro que significaba eso en la práctica; incluso en alguna declaración y documento oficial sostenía el principio de la autodeterminación de los pueblos, aunque sin llegar más lejos de lo declarativo. El PSOE ya convertido el partido vertebral de la nueva democracia asumió el artículo 2 de la Constitución que es uno de los esenciales y característicos del consenso que defiende la “indisoluble unidad de la nación española” y también “el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones”, es decir un cajón muy amplio, casi lo mismo y lo contrario aunque puede ser compatible. De hecho lo ha sido durante un tercio de siglo, aunque la aparición de los Estatutos de nueva generación (el catalán) empieza a reventar las costuras. La solución sirvió para una generación.

El año 2003 el PSOE de Zapatero, instalado en la oposición, con Maragall como muñidor de una nueva política territorial atenta al hecho catalán, aprobó la Declaración de Santillana del Mar titulada para “una España plural, constitucional y en positivo”. Una Declaración que servía para sentar las bases del nuevo Estatuto catalán, el de Maragall, que luego constituyó una pieza de confrontación con los catalanes soberanistas (entonces más encubiertos). El avatar del nuevo Estatuto con el “cepillado” aplicado en el Congreso (versión Alfonso Guerra) y finalmente del Constitucional (que aparentemente es la base de la ruptura soberanista) forma parte del actual embrollo catalán y, también español. A lo largo del proceso el PSOE ha sido protagonista activo con posiciones pragmáticas y no necesariamente homogéneas. Zapatero impuso un ritmo y una visión voluntarista, confiado en el azar y la suerte que le acompañó en su vida política. El resultado no fue afortunado a la vista de las consecuencias.
El julio 2013, con Rubalcaba al frente del PSOE impulsando un proceso de actualización programática, el consejo territorial socialista aprobó en Granada una nueva Declaración para un nuevo Pacto Territorial en una España de todos; lo mismo de Santillana diez años antes, pero actualizado; las mismas generalidades que no han significado novedad alguna, ni para los socialistas ni para los españoles.

Ahora surgen nuevas tendencias y posiciones. La de Susana Díaz desde Andalucía netamente constitucional con la unidad de España como sillar; la de Pedro Sánchez a lo “federal”, con la tradicional ambigüedad del partido. Ha entrado en liza Zapatero con la propuesta de volver a la letra del Estatuto catalán previo al cepillado, que resulta un tanto original ya que supone enmendar al Constitucional.

Sin perder de vista la sugerencia de Iceta, un veterano de todas las batallas desde las calderas de la política socialista, que supone aplicar pensamiento lateral con una nueva ley al modo de la canadiense de claridad que supone abrir la puerta a la consulta soberanista con exigencias de quórum reforzado sobre participación, sobre mayorías (muy cualificada y también pregunta pactada y clara.

Con tanta propuesta apreciar cuál es la posición socialista en materia territorial empieza a ser un enigma que esconde un misterio. La propuesta Iceta es ingeniosa e inteligente, pero tropieza con demasiados obstáculos y recelos.