¿Mejor sin gobierno?, más vale no probar

Vamos para los cien días de gobierno provisional, que es como decir sin gobierno ya que como el propio provisional trata de establecer huyendo del control parlamentario (seguramente por mezcla de desidia y cobardía tras cuatro años de mayoría absoluta) es un gobierno irresponsable, ya que no responde ante nadie más allá de sí mismo. Cien días sin gobierno y no ha pasado nada catastrófico o irreversible; incluso podría ocurrir que pasen otros cien días sin gobierno hasta que unas nuevas elecciones alumbren otro parlamento semejante al actual que prolongue el “singobierno”.

Se oyen algunas opiniones favorables a esa situación con el argumento de que a la sociedad le va bien sin gobierno, que cuanto menos gobierno mejor. Es la tesis de “liberalones” de cátedra y discurso. Se le he leído estos días a dos de ellos, una profesora afectada por Hayek y el presidente de una consultora internacional; ambos personajes se referían al caso español y a las dificultades para salir del embrollo parlamentario surgido de las últimas elecciones. Y en ambos casos colocaban el ejemplo de Bélgica como referencia de autoridad.

Es cierto que la coyuntura no es la más favorable para tomar a Bélgica como ejemplo de virtud, como Estado al que aproximarse y del que tomar nota; no son pocas las opiniones escritas estos días otorgando a Bélgica la condición de “país fallido” (un juicio excesivo aunque bien aproximado) precisamente por la debilidad de su Gobierno y del propio Estado. Las entretelas de despliegue terrorista en Bélgica muestran ineficacia policial y judicial con origen en la propia debilidad del Estado; de manera que Bélgica puede ser envidiada por su chocolate pero no por la solvencia de sus instituciones básicas.

Y de esa debilidad tiene mucha responsabilidad la levedad del Estado, agobiado por la fragmentación nacionalista, por un multipartidismo que complica la gestión y por la ausencia de proyecto nacional solvente. Entre valones, flamencos y residentes de Bruselas, estables, eventuales y pasajeros, no es sencillo organizar un Estado que funcione con los niveles de eficacia que requieren sociedades tan complejas como las actuales. El permanentemente débil gobierno belga precisa auxilios de sus vecinos a la menor dificultad. Goza de prosperidad por su ubicación y por su condición de sede principal de las instituciones europeas, pero como Estado deja mucho que desear tal y como ha acreditado estos últimos días.

La tentación del “singobierno” o del gobierno lábil puede ser tentadora para algunos académicos de salón, pero se trata de un mal camino tal y como la experiencia acredita. El propio Adam Smith recelaba de los gobiernos débiles en estados débiles, reclamaba gobiernos suficientes y eficientes para garantizar la seguridad de las personas y el cumplimiento de los contratos.
Tras cien días sin gobierno en España no ha pasado nada pero empieza a notarse que se aculan arenas en los rodamientos, que las decisiones se aplazan y que los espacios que quedan libres son ocupados por los buscadores de oportunidades.