Agotadora guerra de trincheras: nadie gana

La política española discurre como una agotadora guerra de trincheras, paso adelante y paso atrás, al ritmo que marcan los jueces, las encuestas o los pequeños movimientos estratégicos de cada contendiente. Cada cual juega una guerra interna en su propio partido, y todos contra todos por turno sin que nadie gane posiciones decisivas, ni tampoco las pierda.

Las encuestas que publican los medios marcan variaciones que tienden a coincidir con las orientaciones editoriales de cada uno, lo cual las hace a todas sospechosas; pero la música general, el fondo de los sondeos (teniendo en cuenta los errores técnicos) vienen a decir que las posiciones apenas han cambiado respecto al 20N.

Un hecho que complica la toma de decisiones, especialmente la de encarar nuevas elecciones para lograr alguna ventaja sobre la situación actual. Decisión complicada ya que con todas las encuestas bien cocinadas y aun estimando que hasta finales de junio se pueden mover algunos votos el resultado final puede parecerse demasiado al actual, lo cual forzaría (si no antes) a renovar las cúpulas de la mayor parte de los partidos en liza.

La guerra de trincheras acredito su inutilidad, solo sirvió para desgaste de los contendientes con millones de bajas, muertos y heridos. Aquí también se van a producir bajas por agotamiento. Por ejemplo una nueva convocatoria de elecciones dejará a varias decenas de diputados sin escaño, bien sea por movimientos en las listas (más de lo que algunos imaginan) como por el nuevo reparto. Hay diputados de fuera de Madrid que no se han atrevido a organizar su vida para cuatro años a semana partida en Madrid; una prudencia razonable.

A lo largo de las semanas que han transcurrido desde las elecciones de diciembre ningún partido se ha reforzado, todo lo contrario. La posición de Rajoy y su corte es más débil que nunca, a poco que alguien de dentro se dedica a soplar habrá relevo; la cuestión es si será antes o después de la nueva cita electoral. Y algo parecido sirve para el PSOE, aunque hoy Sánchez está más consolidado que a principios de año. Rivera en Ciudadanos es incuestionable, su mayor activo, pero el partido sigue siendo muy débil en comunidades clave como Valencia, Galicia, País Vasco… los cuadros del partido son muy mejorables. Y Podemos, que ha gozado de una historia de éxito sin precedentes y que sabe manejar discrepancias internas, empieza a sufrir la erosión de las expectativas de poder y la dificultad de ocupar un espacio ideológico tan amplio como pretende. Su objetivo es alcanzar el poder, lo cual pasa por superar al PSOE, como ocurrió en varios países sudamericanos y en Grecia; un objetivo que no es tan asequible como imaginaron. Incluso la resistencia de IU, organización en la que militaron los dirigentes de Podemos, ha resistido la acometida y sigue contando con una intención de voto por encima del 4%, que sería un bocado decisivo para Podemos.

La guerra de trincheras decaería si se llega a componer un gobierno que cambiaría estrategias y tácticas de todas las fuerzas políticas, pero eso solo es posible, aunque no probable.