Rajoy: lo que Valencia le dio, ahora se lo cobra

Rajoy tiene fama de impávido, dicen que carece de nervios, lo cual tiene ventajas e inconvenientes. Esta mañana en Tele 5, con Ana Rosa Quintana, vimos al Rajoy desvalido, aparentemente agotado o desganado. Reiteró su apoyo personal y decidido a dirigentes del PP valenciano como Rita Barbará, al tiempo que trató de pasar página reforzando su oferta irresistible a Pedro Sánchez para hacer gobierno, no solo en Madrid, sino también en Comunidades Autónomas y ayuntamientos importantes. Una oferta mayor, entre dos partidos cuyos dirigentes que se odian desde hace meses, que nunca se han entendido ni siquiera escuchado con respeto. Una oferta imposible por quien la hace y, probablemente, porque carece de contenido suficiente para materializarse. Una oferta que precisa de intermediarios y cocineros que la conviertan en plato comestible.

La vida política de Rajoy es larga, siempre en el poder en cualquiera de sus formas, incluida la jefatura de la oposición que también tiene oropel. Un tercio de siglo de cargo en cargo hasta el premio final de la presidencia del partido que le otorgó Aznar y la del gobierno que le entregó Zapatero con sus desaciertos. En esa historia hay momentos críticos en los que Rajoy tuvo que ganarse el puesto, resistiendo y moviéndose con habilidad entre bastidores, entre sus compañeros de partido.

Un momento crítico fue el XVI Congreso del PP, el de Valencia en junio de 2008. Rajoy acumulaba dos fracasos electorales frente a Zapatero y se enfrentaba a una crisis interna con dirigentes decididos a relevarle, incluido Aznar que no le regateó ningún desplante. Rajoy ganó en Valencia por goleada, tejió (o le tejieron) una alianza con dirigentes regionales, con los valencianos en cabeza, que desmanteló a la oposición interna dejándoles en ridículo. Desde entonces Rajoy es el virrey del PP, con más poder efectivo que nunca tuvo nadie antes, ni Fraga ni Aznar.
Rajoy ha administrado ese poder con prudencia y codicia. No lo ha compartido, ha delegado a medias y con hábil juego de contrapesos internos. Con ese poder ganó las elecciones de 2011 con una mayoría absoluta que le ha permitido llegar hasta ahora sin despeinarse. Pero el crédito se ha agotado. La semana pasada reconoció que carece de poder suficiente para gobernar; lo hizo con un movimiento de pase negro, rechazando la invitación del Rey para opositar a la investidura. Algunos dijeron que “declinar la investidura” fue un movimiento maestro. Pero ahora no lo parece tanto; la próxima semana Rajoy puede verse obligado a volver a declinar o incluso a algo más costoso, ofrecer su apoyo a su adversario menos querido, a un tal Sánchez.

Para acelerar el proceso el PP valenciano ha venido a propiciar las cosas, esta vez de forma nada voluntaria. La cascada de detenciones que desmantela el PP valenciano salpica a Rajoy por manifiesta falta de vigilancia y de reflejos. Rajoy llevó su compromiso con los colegas valencianos, por agradecimiento, más allá de lo prudente y durante más tiempo de lo tolerable. Valencia se lo dio, Valencia se lo quita. Le queda el Registro de Santa Pola que está en Valencia, en la provincia de Alicante.