Las CUP cumplen: asombro en el secesionismo

Para el 2016 estaban previstas elecciones en Galicia y País Vasco a celebrar en octubre, o antes si los respectivos presidentes lo veían oportuno. Elecciones regionales interesantes, por cuanto pondrían a prueba el nuevo mapa político nacional con los dos partidos tradicionales (PP y PSOE) amenazados por las nuevas fuerzas políticas. Pero todo apunta que ambas citas obligadas pueden quedar eclipsadas por otras convocatorias no previstas.

Crecen las posibilidades de que los catalanes (tan agobiados por el derecho a decidir) tengan que decidir por cuarta vez en seis años la composición de su Parlamento una vez que las CUP han decidido que cumplen su palabra y no otorgan sus votos a Artur Mas. A los secesionistas que se consideran ganadores de las elecciones de septiembre les quedan horas (hasta el fin de semana) para que el parlamento se disuelva por imperativo de la ley y se convoquen automáticamente nuevas elecciones. A la Señora Forcadell, beligerante presidenta del Parlamento catalán, no le cabe en la cabeza que los de CUP dijeran en serio que no votarían a Mas.

Todavía quedan horas para el gesto heroico del sacrifico de Artur Mas para habilitar un presidente del gusto de las CUP, o de algunos diputados que hasta ahora fueron hostiles a la coalición ERC-CDC. A la vista de la acumulación de emociones a lo largo de los últimos cien días no conviene dar por concluido el proceso, pero todo indica que habrá elecciones en Cataluña en marzo y que el panorama está más abierto que nunca, que de esa cita saldrá otra composición, no menos complicada.

Los secesionistas están asombrados de su propia capacidad para enredarse; cuando estaban decididos a tirar por la calle de en medio fuego amigo detiene el “proceso”; ni la Guardia Civil, ni los militares, ni los abobados del estado, ni el Constitucional… ha sido el propio secesionismo el que ha puesto el freno. ¡Qué diría Tarradellas, el honorable que advertía contra el ridículo, ante semejante situación!

Pero si el caso catalán merece una serie con guionistas imaginativos, el resto del panorama nacional no anda lejos. Los socialistas andan metidos en una trifulca para que uno deje el asiento a otra, sin pensar en las consecuencias electorales; en Valencia el pacto PSOE-Podemos-Compromís está en el aire y puede dar cualquier sorpresa. El poder del PP en Galicia está seriamente amenazado (no por el PSOE).

En resumen la política española es lo más parecido a una olla a presión a punto de estallar con resultados imprevisibles. Casi nada suma convenientemente, lo viejo apesta y lo nuevo no alcanza. Y no hay tiempo para empezar de nuevo, para la regeneración de unos partidos dominados por gentes sin más proyecto que ocupar el poder. Los de las CUP han cumplido su palabras: “no van a apoyar a Mas”. Y puede que sean los únicos que cumplen sin excusas, lo cual no quiere decir nada sobre su responsabilidad; aunque es un dato.

En el PP y en el PSOE tradicionales, entre sus mayores jubilados, crecen la pulsión por el pacto, al fin de cuentas llevan tres décadas pactando casi todas las leyes vigentes. Pero sus actuales dirigentes han cavado un surco de incompatibilidad que no puede rellenar en pocos días sin muchas explicaciones. Y los nuevos siguen soñando con ocupar el espacio de los viejos. A esta serie le faltan muchos capítulos por escribir e interpretar. Algunos personajes tendrán que desaparecer y otros nuevos tienen que aparecer en escena para cambiar el sesgo.