Los del PSOE no están para nada ni para nadie

Tan mal está el PSOE (el de Sánchez y el Díaz) que hasta el PP de Rajoy aparenta una salud a prueba de electores. El espectáculo actual de los socialistas cuestionando a un líder recién elegido en un trance tan crítico como el actual, al borde de unas nuevas elecciones, sólo lo pueden entender los que conocen bien la historia del PSOE y sus desavenencias crónicas. Desde hace más de un siglo el PSOE es un enfermo perpetuo que goza de buena salud en períodos intermedios que le llevan incluso a formar Gobierno varias legislaturas.

Es obvio que Pedro Sánchez no es la solución, pero fue elegido en un proceso limpio y con garantías. Pudo haber salido bien, era un libro en blanco, pero no ha ocurrido, el líder se ha rodeado de un equipo mediocre, no ha logrado pacificar la trastienda del partido y ha conseguido resultados poco brillantes que no ponen punto final a la decadencia de la última etapa Zapatero.

Pero la fortuna y el azar han colocado a un PSOE decadente en una posición clave en el actual mapa político español. Más desordenado y amenazado que nunca. Sin el PSOIE no hay salida del laberinto, Rajoy necesita a los socialistas para sostener el liderazgo del partido, que pasa por retener el Gobierno aunque sea en coalición.
Aritméticamente son los socialistas, con sus 90 escaños, los que tienen más posibilidades de sumar mayorías parlamentarias, aunque eso requiere habilidad y capacidad estratégica y de negociación que no están al alcance de una dirección cuestionada y con poca autoridad.

Meterse en una aventura fraccional en la actual coyuntura, sin haber despejado la incógnita de unas elecciones generales en primavera son ganas de incitar a muchos electores a votar, incluso, al PP. Con un PSOE en desbandada Rajoy puede recibir la bendición de una mayoría absoluta tan inesperada como inmerecida.
Pretender que los desengañados socialistas se van a ir de cabeza a Podemos tiene poco fundamento; muchos se quedarán en casa y otros tantos apostarán por la estabilidad. Basta con analizar el comportamiento de los electores franceses para reparar que el desmoronamiento de un partido produce fugas de votos en todas las direcciones.
Por oportunismo todos los partidos (y todos los medios por distintas razones) empujan al PSOE al abismo, más que salvar al soldado Sánchez, el objetivo es acabar con él, sin un análisis de las consecuencias, las buscadas y las no previstas.

Que el Congreso socialista se celebre en marzo o en mayo (siempre sesenta días después de la convocatoria) no tiene incidencia en el avatar político actual, más allá de sacar al PSOE de la carrera si se embarcan en ese guerra interna. Los debates de estos días sobre los pactos posibles rozan lo ridículo; que los mimos que ocupan el poder regional con los votos o la abstención de Podemos digan ahora que con esa gente no hay nada que hablar es sorprendente.

En el PSOE hay experiencia de pactos, a derecha e izquierda, como para esperar más inteligencia, ideas claras y capacidad para proponer una hoja de ruta reformista que le devuelva la confianza de cuantos les votaron en alguna ocasión. Pero no parece que eso pueda ocurrir, las batallas internas pueden dejarles exhaustos y más solos que nunca.