¿Votar la autodeterminación? ¿Cuántas veces?

El eslogan del “derecho a decidir” ha dado mucho juego en el debate político, ha sido uno de esos trampantojos (ilusión con la que se engaña a alguien haciéndolo creer lo que no es) que desplaza del foco lo importante para sustituirlo por lo emocional. Derecho a decidir ¿qué?, ¿cuántas veces? Pretender que los catalanes no tienen derecho a decidir porque lo impiden los pérfidos españoles (una panda de fascistas según el diputado electo de ERC Gabriel Rufián) es ridículo. Los catalanes han elegido sin pausa desde que entró en vigor la Constitución de 1978, tan democrática como la más democrática, plenamente homologada en Europa y en el mundo. Una Constitución triple A según el canon democrático. Pero el eslogan del derecho a decidir tiene fuerza.

Ahora ese derecho a decidir aterriza en otro eslogan, el del referéndum, consultivo (¿) y constitucional que Podemos exige (no sabemos por cuantos días) como exigencia para cualquier conversación política. Fue Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, la que expuso en Madrid, antes de las elecciones, que ese referéndum es condición esencial. Y Pablo Iglesias lo ha incorporado al repertorio porque la alianza con Colau es básica para su proyecto.

La alcaldesa de Barcelona advirtió que en la consulta-recogida de firmas o como se quiera llamar aquello, que organizó Artur Mas votó Sí y Sí, aunque a renglón seguido indicó que no es decididamente independentista, que depende. Sostener que el grupo político que encabeza Colau no es independentista es tan probable como lo contrario. Depende. Por eso no sorprendió que alguno de sus diputados catalanes apoyara la elección de la presidenta del Parlamento catalán para garantizar que ese puesto fuera ocupado por una persona alineada con los secesionistas. Por ello no sería raro que, pasadas las elecciones generales, el mismo grupo desbloqueara la elección de Mas con una mezcla de abstención y algún voto prestado. Si no lo hacen es porque temen que esa decisión les enajene votos, unos para las CUP y otros para los socialistas. Ahora son muchos los que hacen equilibrios en la cuerda con temor a que si tropiezan no haya red para mitigar el trompazo.

El problema del referéndum es que precisa muchos detalles y, muy probablemente una reforma constitucional previa. No solo eso, también una norma a la canadiense de Claridad, es decir fijar los requisitos para la operación: pregunta clara, participación mayoritaria y resultado muy contundente, más de la mitad más uno, al menos la mitad del censo. A algunos les parece que la democracia de las CUP es admirable, muchas votaciones, varias preguntas... pero se trata de una consulta a tres mil para decidir asuntos que afectan a siete millones. Pretender que esta es la democracia participativa más auténtica es mucho pretender. Y el empate a 1515, una probabilidad entre muchísimas, resulta, cuando menos, peculiar, extravagante, casi sospechoso.

Cuando Iglesias dice que quiere referéndum hay que hacerle algunas preguntas: ¿cuántas veces?, ¿con qué requisitos...? Sin “claridad” estamos ante un trampantojo. Que los demás grupos no hayan sido capaces de desmontar la pretensión indica el bajo perfil la política española.