Fueron unas primarias para el cambio

Del orden de siete millones de electores (casi el 30%) cambiaron su voto el domingo con respecto al de cuatro años atrás; las encuestas detectaron el fenómeno a lo largo de los meses pero los afectados no quisieron tomar nota, quizá confiaban que en el momento crítico los electores perdonaran sus errores. No ocurrió. Esos siete millones de votantes insatisfechos han dado un vuelco al mapa político tradicional del último cuarto de siglo, el vigente desde la refundación del Partido Popular con Aznar en 1989, cuando asumió la herencia de UCD y de Alianza Popular. De aquello surgió el bipartidismo imperfecto de estos años con rotaciones entre PP (tres gobiernos) y PSOE (otros tres), con mayorías absolutas o relativas apoyadas en los nacionalismos catalán o/y vasco. Esos siete millones de votos mutantes dieron una patada al tablero parlamentario que deja las piezas en el aire, tanto como para precisar otra consulta que fije otro tablero.

Dos ejes de voto (izquierda/derecha, nuevo /viejo) definen la nueva situación, que es inestable porque buena parte de los votos emitidos siguen siendo volátiles, prestados con distintos objetivos. Frente a dos tercios de votantes leales a sus preferencias habituales el otro tercio puede ser capaz de dar la vuelta a la tortilla para hacer bascular el poder. Ya se percibió en las elecciones de mayo, autonómicas y municipales, especialmente en las grandes ciudades, pero aquel fue solo el aperitivo del domingo.

Lo curioso es que los perdedores, los afectados por el cambio, los viejos partidos, apenas se han enterado del mensaje, siguen atados a los viejos paradigmas. Rajoy dice que va a intentar gobernar porque es el que ha ganado; los socialistas no toman nota de su debacle en Madrid, Valencia, Cataluña, País Vasco... que les incapacita para recuperar el poder. Y los nuevos se sorprenden por no haber conseguido más apoyos y no asumen que carecen de poder efectivo.

El tablero es provisional, inestable, como si se tratara del resultado de unas primarias que no deciden, que solo apuntan tendencias y descartan algunas opciones. No es probable que el PP sea capaz de armar un gobierno, ni Podemos ni el PSOE pueden tolerarlo. Y tampoco es probable que la izquierda pueda hacerlo a continuación entre otras razones porque son competidores. Simplemente designar la mesa del Congreso y elegir Presidente será una tarea complicada.

Otras hipótesis imaginativas, como que unos u otros encuentren un mirlo blanco que encabece un gobierno reformistas para unos cuantos meses es demasiado atrevido. De manera que la gravedad empuja hacia un par de meses de negociación, de frustración y de desgaste que concluya en otras elecciones, quizá con cambio de alguno de los pretendientes y apertura a ofertas más interesantes para los electores que quieren cambio, que el domingo dieron la patada al tablero pero que, antes o después, quieren un gobierno competente, que no cuente milongas.
Las campañas electorales de PP y PSDOE fueron desastrosas, aunque no lo han reconocido. Suficientes como para despedir a sus protagonistas y responsables, la cuestión es quién asume esa tarea.