Las listas al Senado por Madrid

Hasta 42 personas en quince listas componen la panoplia de alternativas para elegir por sufragio directo cuatro senadores por Madrid. El elector puede señalar de esa lista hasta tres de los candidatos para que los cuatro más votados alcancen la condición de senador. El sistema es de lista abierta y mayoritaria, condiciones ambas que suelen ser apreciadas por cuantos critican el sistema proporcional corregido que se aplica en las elecciones al Congreso. La lista abierta, dicen, permite elegir al ciudadano.

De manera que cualquier madrileño con derecho a elegir el próximo domingo, puede tomar la lista salmón al Senado para ejercer el derecho a elegir a las tres personas (no importa de qué partido) que considere más cualificadas. No le arriendo el trabajo. Me considero una persona bien informada que conoce bastante bien las biografías políticas de cuantos pululan por el laberinto madrileño y nacional. Pues bien, repasada la lista de los 42 tengo criterio sobre cuatro de ellos y tras un buen rato dedicado a repasar los restantes currículos en la red no amplio el horizonte. Con lo que hay estaría por otorgar mis tres votos a dos de ellos, no del mismo partido ni de los dos principales. De maneras que lista abierta pero que no contribuye por ello a ampliar las opciones.

La política no selecciona a los mejores, no alienta ni siquiera a los siguientes en la lista se animen a la cosa pública. La mediocridad es una característica extendida y de eso no tienen la culpa solo los partidos y los políticos profesionales. Dedicarse a la política comporta demasiados riesgos y bastantes inconvenientes, salvo a personas muy vocaciónales (y meritorias) y a algunos sinvergüenzas que aspiran a ganarse (a veces de forma poco ortodoxa) en esa actividad.

Ramón de Santillán, uno de los grandes hacendistas de mediados del s. XIX, el de la reforma Mon-Santillán (1845) que fusionó los bancos de San Fernando y de Isabel II para crear el germen del Banco de España, escribió en su época que al marqués de Salamanca le iban tan mal los negocios que no le quedó otra alternativa que hacerse ministro de Hacienda para arreglarlos. La ironía de Santillán puede aplicarse a casos como el de Berlusconi, incluso a Rato, que utilizan la política en su propio interés.

Lo del Senado va más por la mediocridad, con el consecuente de que los partidos se esmeran poco en buscar mérito o talento, a la postre lo que esperan de sus señorías es que sepan interpretar el signo que indica cómo hay que votar, con unos cuantos que entiendan lo que se traen entre manos vale.

La papeleta del Senado justifica que algún partido, Ciudadanos, proponga eliminar la institución a la vista de su escasa utilidad. No sería la única democracia unicameral, en un momento en el que España necesita “simplificar”. Quizá lo más útil el domingo sea dejar en casa el sobre salmón.