Enredados con una presunta guerra

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Guerra y España son palabras llamadas al conflicto. Durante los dos últimos siglos las guerras que han vivido (y sufrido) los españoles han sido guerras civiles, las tres carlistas en el XIX, las coloniales en Cuba, Marruecos, Ifni, y la terrible guerra civil del 36-39 que todavía machaca la conciencia nacional. Aparte de eso España permaneció ajena a las guerras mundiales del XX y a los demás conflictos bélicos contemporáneos.

Las opiniones públicas pasan por estados emocionales contradictorios ante la hipótesis de la guerra; está de sobra estudiado el caso de 1914 cuando, como sonámbulos, los países europeos pasaron en pocos días de la emoción por la paz al vértigo de la guerra. Y otro tanto para la II Guerra, la desatada por Hitler que pudo no haber sido si en los críticos días de mayo de 1940 hubieran dominado las ideas de Halifax de apaciguamiento sobre las de Churchill, decididamente belicista.

Por eso el ardor bélico o antibélico conviene ponerlo en cuarentena porque suele encerrar conclusiones muy provisionales y poco verosímiles. La última confrontación con la guerra en la sociedad española tuvo Irak como escenario y la determinación personal del presidente Aznar de colocarse al lado de la coalición formada por Estados Unidos y Gran Bretaña. ¿Fue España a la guerra de Irak? La respuesta es contradictoria, parece que sí, pero también que no, que se trató solo de acompañar el discurso y ayudar en la retaguardia.

Pero aquello sirvió para una agitación social más emocional que racional, con el lema “No a la Guerra” que en realidad era un No a Aznar; de hecho sirvió para dejar a Rajoy a las puertas de la Moncloa cuando todo parecía a su favor. Tú y tu maldita guerra nos ha hecho perder las elecciones, dicen que dijo Rajoy a Aznar sentando las bases para un distanciamiento progresivo entre ambos.

Rajoy no está dispuesto a que otro amago de guerra le arruine las elecciones y no piensa moverse de la tradicional posición española de no jugar un papel activo en la política internacional, ese aislacionismo que desde Westfalia (1648) ha dejado a España fuera de los grandes intereses europeos.

Es curioso que los del No a la guerra de Irak resuciten estos días con otro lema “No en mi nombre” en busca de nuevo protagonismo y agitación con la perspectiva de las elecciones del 20 de diciembre. Antes o después la coalición que promueve Francia y que estos días se fragua a notable velocidad, llamará a la puerta del gobierno de Madrid para preguntar cuánto y cómo quiere implicarse España en esa operación. El aislacionismo tradicional es una opción cómoda, aunque tiene costes ocultos de difícil evaluación, pero que pueden ser relevantes. Si España se distancia de sus socios, estos se distanciarán de España cuando se les requiera ayuda. Y la lista de problemas que requieren cooperación internacional es abrumadora.

Los españoles, especialmente los gobernantes, tendrían que superar viejos complejos que vienen de lejos respecto al papel de España en el mundo y a la mejor defensa de sus intereses; lo que se percibe estos días va por el camino de la confusión y la ambigüedad con mucho de cobardía y disimulo. Francia va pedir apoyo y aquí tratan de ganar tiempo y mirar a otro lado. Ni los pacifista están acreditados, ni los belicista exponen su argumentos, y como resultado confusión.

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