El debate: éxito de Jordi Évole

La irrupción de la jerga deportiva en la crónica política (y económica) conduce a determinar ganadores y perdedores en cada historia. La hipótesis de que no haya vencedores ni vencidos, o que todos sean perdedores o ganadores, no entra en el modelo. Acorde con ese método el ganador del debate del domingo en la Sexta (Salvados) fue Jordi Évole, el convocante que demostró que, con sencillez e ingenio, se puede montar un debate político interesante y barato. Évole tiene talento, lo ha acreditado con méritos propios, circula por la periferia del establecimiento con lealtad a un viejo principio: en la duda, periodismo, televisión. Y Évole sabe hacer televisión y periodismo.

Convocó a dos políticos emergentes a un debate sin condiciones, o con las condiciones que impone el periodista. Solo por eso merece reconocimiento. ¡Qué lejos quedó este debate del encorsetado de los dos candidatos del bipartidismo! El formato de Évole es del siglo XXI, el otro es de mediados del XX. Ni cronómetros, ni listado previo de temas, ni turnos, ni sorteo para ver quién empieza, ni quién termina... simplemente una conversación abierta. Y como resultado, casi todos contentos, para cada cual ganó el que le resulta más afín.

Sospecho que los dos interlocutores han quedado satisfechos, ambos tenían sus reparos, por el formato y por la edición posterior que se reservó el equipo de Évole; un riesgo que solo se puede asumir con un voto de confianza al periodista, que es consciente de que se futuro depende de no decepcionar, de no traicionar. Évole se ha ganado la confianza de sus interlocutores sin hacerles concesiones irritantes para el público. Una audiencia de más de cinco millones, 25% de share, confirma que estamos ante una pieza periodística de mérito y de éxito.

Como espectador me llamaron la atención las lagunas de los candidatos que aspiran a presidir el Gobierno de España. Comparados con los del bipartidismo son más frescos, pero andan peces de preparación. No se saben los temas, generalizan con mucha determinación. Las lagunas de Iglesias eran previsibles, apenas ha traspasado el ámbito del debate de alumnos de Facultad, con clamorosas ausencias de contenido; buen polemista que apela a sentimientos elementales del ciudadano medio, pero nula profundidad. No sabe nada de pensiones, ni de contratación, ni de la mayor parte de las cuestiones tratadas, con una superficialidad inquietante. El caso de Rivera es menos acusado, pero también peca de superficialidad, de querer agradar (aunque es valiente en algunos temas delicados que los políticos suelen surfear). Asombra que ninguno de los dos sepa el estado de su cuenta corriente ni si Hacienda les ha ingresado ese exceso de IRPF que sus gestores han reclamado. Probablemente es mera pose, pero ese desapego del dinero propio revela más irresponsabilidad que otra cosa.

El temario de la hora larga de debate-conversación fue apropiado, pero bastante inane. No resiste un análisis crítico, por ejemplo del coste que pueden suponer sus propuestas, que es determinante de su viabilidad. Por lo escuchado confiemos en que si alguno llega a disponer de poder decisorio en el Gobierno se rodee de gente con fundamento que les aterrice en la realidad, en la política como arte de lo posible. De momento ambos discurren por la estratosfera.