Una terapia de la verdad para salir del lío

Nadie ha perdido en las elecciones catalanas, ni siquiera el PP que tiene una explicación para justificar su fracaso; los de Podemos tienen su excusa (el entorno, el empedrado); y Artur Mas recurre una vez más a la mentira de que han ganado en todo y que el proceso es imparable. Pero debe saber que no es así, que “astutamente” (él mismo se atribuyó el mérito de la astucia) va saltando de derrota en derrota hasta una hipotética victoria final, que se hace de rogar.

El plebiscito no funcionó, como tampoco funcionó el simulacro de noviembre, aquella masiva recogida de firmas que se quedó corta. Los nacionalistas-identitarios-separatistas-secesionistas (cada palabra tiene un alcance aunque se mezclan para sumar) consiguen sumar hasta dos millones de votos en Cataluña, que son muchos votos, como para darlos de lado. Más aun en la Cataluña profunda, en Lérida y Gerona donde los de “juntos por el Sí” obtienen el 56% de los votos y el 66% de los asientos en el Parlamento. Unas cifras abrumadoras que señalan que el problema existe y que hay que sentarse a dialogar.

Pretender liquidar el plebiscito con el dato de que los “indepen” no superaron el 50% es casi tan tramposo como pretender que ganó en SI (tesis Mas, Junqueras, La Vanguardia...) Sumar los votos del potaje de ICV-Podemos al No... es mucho sumar, en ese potaje hay de todo. Además a partir de ahora conviene prestar atención a las fugas de diputados de una a otra lista, que es algo previsible.

El dato más relevante de estas elecciones es que la sociedad catalana está más dividida y distanciada que nunca; los cambios son de protagonistas por la irrupción de Ciudadanos y de las CUP como actores relevantes, aunque sin poder efectivo. Pero el reparto de fuerzas entre nacionalistas separatistas y unionistas apenas tiene cambios apreciables en lo que llevamos de siglo.

Pretender que los catalanes carecen de “derecho a decidir” (un extraño derecho inventado para la ocasión, cuando han votado cinco veces en dos años con absoluta libertad y concurrencia) es una colosal mentira; como lo era el expolio fiscal, la recentralización o el recorte de competencias.

Lo que Cataluña y España necesitan es una terapia de la verdad, unas sesiones abiertas, sinceras, limpias para ordenar las discrepancias y acabar con los monólogos superpuestos que opacan el debate real. La responsabilidad de todo radica en unos dirigentes peor que mediocres, porque a la mediocridad unen los trucos, las mentiras. Que después de estas elecciones no haya dimitido nadie (ni los de Unió que solo amagan con hacerlo) es el mejor indicador de una dirigencia de mierda, utilizando las palabras de un presidente argentino para referirse a su país. Esa mediocridad de buena parte los dirigentes que ocupan el escenario político es el problema, y en esa lista aparecen en lugar destacado los dos presidentes, el del Gobierno español (sin duda en menos competente de la democracia) y el del catalán, que cabalga las derrotas y destruye su propio partido. Con estos mimbres no hay cesto.