Vindicación del cara a cara Margallo-Junqueras

Mañana una cadena privada catalana (8TV, del grupo Godó La Vanguardia) alojará uno de los debates más sugerentes de las elecciones catalanas, el que enfrentará a un no candidato, José Manuel Margallo, ministro de Exteriores, valenciano de origen y residente en Madrid, y Oriol Junqueras, líder de ERC y candidato número 5 por Barcelona en la lista conjunta por la secesión. Un debate raro por la asimetría de los contendientes, pero que confirma la naturaleza extraordinaria de estas elecciones legislativas catalanas que no lo son; extraordinaria y, probablemente inútil, porque sus consecuencias, sea cual sea el reparto de votos y escaños solo conduce a frustraciones y juegos de restar.

El ministro es uno de los versos libres del gobierno que ha asumido singular protagonismo con la cuestión catalana por sus propias convicciones patrióticas. Y quien así se comparta merece un respeto. En el PP la audacia de Margallo no ha gustado demasiado, los versos sueltos les descentran. Pero Margallo se siente con fuerza suficiente para ir por libre, su relación personal con los Rajoy se lo permite aunque a Mariano estas liberalidades no le entusiasman.

Pero al margen de las interioridades del PP, que no son relevantes, lo cierto es que en enfrentamiento dialéctico merece la pena. Lo activó Junqueras cuando desafió al ministro para demostrar dónde dicen los Tratados que una Cataluña independiente no forma parte de la Unión Europea. El ministro aceptó el reto y los de (TV anduvieron listos para montar el escenario adecuado al debate.

No le va a resultar difícil a Margallo acreditar que una independencia a la brava, tal como pretende Junqueras, deja Cataluña fuera de la Unión, precisamente por lo que dicen los Tratados, que no expulsan Cataluña del club sino que asumen que no forma parte porque no es socio.

Peor al margen de esta cuestión que está bastante fácil para Margallo, no será el único tema del debate. Junqueras es un dialéctico sosegado que tratará de sacar de quicio al ministro para acreditar ese españolismo rancio al que suelen aludir en sus discursos para mejor justificar sus posiciones, aunque sin reparar que lo rancio tiene que ver con los nacionalismos excluyentes, y de eso junqueras sabe mucho, lo lleva en las entrañas.

El mérito del debate está en el propio debate, porque en esta historia abundan los discursos unilaterales bizarros, que se animan por sí mismos, y falta debates sosegados y de fuste. Los cruces de artículos más o menos argumentados en los diarios no clarifican tanto como un debate abierto y sin limitaciones. Por eso hay que vindicar el paso que dieron Margallo y Junqueras. Probablemente no van a mover muchos votos, pero pueden ayudar a clarificar algunas ideas confusas.