Independencia, aunque sea penalti injusto y fuera de hora

Hace poco más de un año los seguidores de Artur Mas, ya en deriva secesionista, advertían que en septiembre del 2014 el Gobierno de Rajoy se plegaría a Mas por su propia debilidad; imaginaban una España a punto de salir del euro y en plena crisis política y social. Era poco probable pero les iba bien al relato por la independencia de gente seria, bien educada y con curriculum.  No ha ocurrido y ahora se conforman con mucho menos, dice Mas que una mayoría muy pelada de diputados en el parlamento catalán le sirve para la independencia. Y parecen persuadidos de semejante tesis que no tiene precedentes en la historia. Las separaciones sin acuerdo siempre han sido más dramáticas, a veces trágicas.

Para entender me ha ayudado el último libro (póstumo) de Tony Judt, una selección de trabajos hecha por su esposa que recomiendo por lo que tiene de lucidez respecto a algunos de los más complejos temas de hoy. Un artículo publicado por Judt en “The New York Review of Books” en mayo de 2002 (“El camino a ninguna parte”) sobre la cuestión Israel-Palestina recordaba la posición de Raymond Aron sobre la independencia argelina (1958). Aron sostenía que los franceses tenían que irse de Argelia; tardaron en hacerlo y eso costó vidas y desastres. Judt recuerda una frase de Aron: “…es negar la experiencia de nuestro siglo el suponer que los hombres sacrificarán sus pasiones por sus intereses”. Concluía Judt que hay pocas dudas que a buena parte de los árabes argelinos les hubiera ido mejor bajo dominio francés que bajo los represivos regímenes autóctonos que lo sustituyeron….pero la medida de la vida bien vivida no se obtiene fácilmente mediante cálculos de ingresos, de longevidad e incluso de seguridad… Esa (las pasiones) es la razón por la que, en su trato a sus súbditos árabes, los israelíes están en el camino a ninguna parte No hay alternativa a las negociaciones de paz y a un acuerdo final.

Las pasiones explican más que los intereses, y en el caso catalán es especialmente evidente. El secesionismo catalán es emocional, pasional, se disfraza con la falacia de “no nos quieren, no nos entienden”, incluso con el peligroso argumento de que “somos distintos” o “nos expolian”. Por eso mismo es complicada la interlocución, un diálogo con muy poco recorrido por ausencia de asideros firmes. El tránsito de lo emocional a lo racional, de las pasiones a los intereses, tiene un recorrido azaroso, probablemente solo pueden facilítalo los propios catalanes es estas elecciones del 27S, convocadas para una cosa pero que son para otra (la verdad de la mentira, o la mentira de la verdad, el orden no altera), convertidas en punto final de la pasión o en punto de arranque de un proceso más amargo, porque España no se dejará partir.

La pretensión de ganar de penalti injusto y fuera de hora es ridícula, supone no conocer la realidad de España y d Europa, dejarse llevar por una pasión desordenada y frustrante. Que gente inteligente se deslice por ese plano resulta asombroso.