¿Es sostenible un crecimiento del 3%, y sin inflación?

Que la primera aproximación del INE al crecimiento del primer trimestre confirma las mejores hipótesis: +1% trimestral y +3,1 anual, y además sin inflación (0% el interanual de julio); y además medio millón de ocupados añadidos durante los últimos doce meses (EPA). Con semejantes datos sostener que estamos en crisis y que no hay recuperación es mucho sostener. Van ocho trimestres de crecimiento del PIB y seis de números negros en tasa interanual; y lo mismo ocurre con el empleo que es la variable crítica de las preocupaciones de los españoles, la anomalía española.

Más aún, los datos de precariedad laboral medidos en términos de salarios medios y temporalidad de los contratos son equivalentes a los de principios de la década. Es cierto que las medias ocultan zonas de sombra, que hay segmentos de población severamente dañados por la crisis, especialmente los parados de larga duración que han agotado los subsidios y los jóvenes que nunca obtuvieron empleo. Pero esos son grupos definidos que requieren políticas activas, ajustadas a sus necesidades y características, que hasta ahora nadie ha acertado a proponer y ejecutar.

La recuperación de la economía española es evidente y se nota por las calles; pero también son bastante evidentes las vulnerabilidades de la recuperación. En primer término la amenaza de lo que se ha llamado “estancamiento secular” (acuñación de Larry Summers) que afecta a las economías desarrolladas. Cuenta también que durante el último año el viento a favor ha sido dominante con precios bajos del petróleo, euro devaluado y política monetaria beligerante del NCE. Todos factores externos, no controlables, que lo mismo que llegaron se irán porque no son sostenibles en el tiempo. Y además el repunte español se produce tras una caída más aguda que las de las otras economías competidoras.

La economía española tiene cuentas pendientes en materia de productividad, el endeudamiento público y privado sigue siendo desproporcionado y el déficit público corriente excesivo. Además quedan obstáculos por remover en materia de reformas productivas tal y como viene poniendo de manifiesto la Comisión de Mercados y Competencia con un trabajo intenso, duro y que pocos esperaban, ante el cual el gobierno muestra indiferencia, cuando no pone palos en las ruedas.

El clima electoral y político también emerge como obstáculo; por un lado domina el gasto como estrategia política y por otro la desidia con respecto a las reformas. En esta coyuntura un pacto político inteligente, a la alemana, para sostener el crecimiento sería una bendición, lo deseable, pero está muy lejos de lo posible. La recuperación queda en manos de los agentes económicos, de su vocación exportadora, de las ganancias en productividad que sepan ganar, de su propia iniciativa y acierto. La recuperación es evidente, su sostenibilidad dudosa, por razones internas y externas.