Grecia al borde del accidente que la UE no desea

El BCE mantiene el apoyo a la liquidez de los bancos griegos. Es el dato determinante de la crisis, mientras ese goteo se mantenga las posibilidades de un acuerdo de mínimos, para ir tirando, siguen vivas. Nadie en Bruselas quiere asumir el coste de pasar a la historia como responsable de la salida (o expulsión) de Grecia de la Unión y del euro. Desde luego que Junker quiere evitar ese sambenito. La salida griega, si llega a producirse, será una decisión unilateral de los griegos, algo fatal, por más que algunos insistan en que la austeridad y la troika son enemigos declarados del pueblo griego, los culpables de sus miserias. Un discurso con poco recorrido a poco orden que se ponga en los datos y los hechos.

Pero el gobierno griego mantiene su posición crítica con un paso adelante hacia el abismo anunciando que los bancos no abrirán este lunes. De esta forma evitan la imagen de colas en las ventanillas, al tiempo que paralizan las operaciones de retirada de depósitos. No es un corralito (incautación del ahorro de los ciudadanos) pero empieza a parecerse. Empieza ahora una fase de cierto descontrol, el euro seguirá siendo la moneda oficial, pero es probable que aparezca alguna modalidad de pagaré que facilite los intercambios locales sin devaluaciones efectivas que acentúen una escalada de precios.

Las responsabilidades de la Unión Europea, en muy distintas etapas, erraron hace medio siglo cuando aprobaron la integración griega al proyecto europeo sin una suficiente verificación de la calidad de su democracia, seriamente afectada por problemas de corrupción y deficiencias en sus instituciones. Se equivocaron hace quince años cuando admitieron a Grecia en el proyecto del euro sin comprobar si los datos económicos eran correctos (no lo eran) o más bien estaban lejos de cumplir los criterios de convergencia. Y fracasaron esta década con dos rescates financieros que han elevado la deuda griega con las entidades multinacionales (BCE, UE y FMI) a 325.000 millones €, que pueden llegar a 400.000 tras sumar los recursos comprometidos a corto por el BCE para garantizar la liquidez griega afectada por retiradas de depósitos y fugas de capitales.

Esos errores tienen uno previo y esencial, la incapacidad griega para hacerse cargo de su destino, el fracaso de sus sucesivos gobiernos, incluido el actual que solo ha profundizado la crisis con una estrategia entre infantil y suicida. El problema de Syriza es que ha prometido lo que no puede dar y que se han creído capaces de doblar el brazo de los demás gobiernos y de las instituciones multinacionales para evitar males mayores.

Es evidente que ni la Unión Europea, ni el BCE, ni el FMI ni los Estados Unidos, quieren el fallido griego, el obvio que la deuda no se pagará nunca por excesiva, pero todo tiene su procedimiento y sus tiempos. El gobierno griego ha querido imponer el ritmo, el calendario y las condiciones y ha fracasado; no es fiable, como no lo fueron los anteriores gobiernos. Ha propuesto demasiados planes con ajustes parciales, hasta cuatro durante los últimos siete días, y ha sostenido una argumentación ante la opinión pública griega y europea que no ha facilitado el acuerdo. Finalmente se embarca en un referéndum que complica las salidas. En España Felipe González hizo algo semejante con la OTAN y lamentó la aventura que considera un error aunque le salió bien.

Colocar al pueblo griego por delante puede parecer muy democrático pero introduce incógnitas e incertidumbres imprevisibles; si cada país de la Unión optara por otros referenda para aprobar el rescate la situación sería un bloqueo inmanejable.

Mientras el BCE mantenga las líneas de liquidez Grecia sigue a este lado de la frontera, en la zona euro; cuando el BCE corte el grifo se producirá el accidente que pocos quieren y empezará otro capítulo de incierto desarrollo aunque con un dato cierto: los griegos serán súbitamente más pobres, pero aun que por los efectos de la llamada austeridad. El cierre de los bancos, aunque sea por un día (o una semana) forma parte de la escalada hacia el fallido. Se puede evitar, pero cada día algo menos.