Los viejos partidos empiezan a cambiar (pero poco)

El Rajoy y Pedro Sánchez han comparecido ante los suyos estos días con nuevos enfoques, con ropajes renovados, al menos en apariencia. Sánchez se puso serio el domingo, chaqueta y corbata con una enorme bandera de España como fondo, para aceptar su designación como candidato tras esas primarias que no se han celebrado. El discurso de Sánchez enfatizó el concepto de respeto a los demás (mensaje al PP), y puso en valor la contribución socialista a la democracia y el buen desempeño de esta durante el último tercio de siglo (mensaje a Podemos). Un buen discurso con ideas ordenadas, quizá el mejor desde que ganó la secretaría general. Sánchez consolida su posición al frente del PSOE (no hay alternativa hasta que pierda) pero sin sacudir la sensación de partido esclerotizado y sin ideas. Por ahora Sánchez no ha recuperado electores decepcionados, ni siquiera ha confirmado su liderazgo. Pero tanto las encuestas como el hecho de recuperar espacios de poder (y responsabilidad) van a su favor.

El caso del PP, que sigue siendo el partido más numeroso, más implantado y más poderoso, es algo distinto; no ha tocado fondo y tiene pendiente una renovación de calado. La practicada esta semana con relevos en la segunda línea del partido, aunque ha sido muy jaleada en los medios que han comprado el argumentario de Génova, la sensación de cosmética y apariencia está bastante extendida. Rajoy impuso los relevos ante su ejecutiva sin consultas y sin debate. Y lo que es más serio sin contenido, el discurso del Presidente fue convencional, aunque algunos han querido ver destellos de humanidad, de cambio. Y los argumentos bastante pobres: "voy a ocuparme del partido”, sostiene Rajoy... ¿no se ocupaba antes?, ¿no era él quien tomaba las decisiones? Porque si no lo era la conclusión es todavía peor.

Algunos han querido ver atisbos de compasión, de preocupación por los perdedores de la crisis, pero quizá confunden las ganas con la realidad. Y para remate basta escuchar a algunos ministros, empezando por el de Hacienda, para confirmar que se trata de más de lo mismo, que lo hecho bien hecho estuvo.

Mientras tanto la opinión pública sigue más atenta a los nuevos que a los viejos, las audiencias televisivas se interesan por los partidos emergentes y desenchufan cuando aparecen los antiguos. Los personajes políticos de moda, los que atraen a los periodistas del mundo, son las dos alcaldesas de Madrid y Barcelona; la huella del 15M, de las mareas, de esta curiosa revolución pacífica española por la izquierda es la que capta la atención y la expectativa. No han desbancado a, los grandes partidos que siguen encabezando las encuestas, pero son imprescindibles para gobernar, están imponiendo cambios y empiezan a acumular experiencia de gestión.

Los grandes partidos saben que tienen que cambiar, empiezan a hacerlo aunque lentamente, no están convencidos de que las nuevas corrientes puedan durar hasta convertirse en alternativa. Mientras, Albert Rivera y Pablo Iglesias se ven en la carrera con voluntad de llegar en cabeza.