El peculiar (¿anómalo?) funcionamiento del PP

El Presidente del Gobierno anuncia ante la ejecutiva de su Partido una renovación del mismo y del Gobierno. Esta última corresponde rigurosamente con sus facultades constitucionales, el Presidente nombra y separa a los ministros (artículo 100 CE), pero no tanto la primera, aunque lo establezcan los estatutos del Partido. El artículo 6 de la CE dice: “los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. Las cuatro últimas palabras son tan claras e inequívocas que suscitan una pregunta: A la vista de los hechos ¿es democrático el funcionamiento interno del PP?

La respuesta debería ser, desde luego que sí, pero los procedimientos son evidentes. La realidad anda lejos de un marco de democracia elemental. La designación de los candidatos, aunque formalmente está encomendada a comisiones ad hoc, son resultado de la voluntad personal del Presidente del partido. Este no es responsable de las cuentas, ni sabe ni le interesa como se financia el partido, pero sí se ocupa de designar la nomenclatura y los candidatos. Cuando menos es anómalo.

El Presidente determinó la agenda y los nombres de los candidatos de las pasadas elecciones y determina la estructura del partido y quien ocupa los despachos. Luego se formalizan las decisiones, se convocan las reuniones preceptivas para ratificar las decisiones que tomó el Presidente. Sin explicaciones. Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes fueron las candidatas por Madrid, porque así lo dispuso Rajoy. Los congresos regionales se harán cuando el Presidente diga... Y se reconoce sin rubor que ese es el procedimiento del PP, ni siquiera disimulan. La designación en su día (septiembre de 2003) del propio Rajoy fue resultado de la voluntad (el dedazo) de su antecesor, de José María Aznar. El partido ratificó la decisión de forma abrumadora; algunas voces en contra fueron silenciadas y arrinconadas.

Las opiniones críticas se deslizan en los medios, con anonimato la mayor parte de las veces. Pero casi nunca en las reuniones formales de la ejecutiva o de los demás órganos de representación y gobierno. ¿Tiene algo de democrático semejante procedimiento? ¿Burla la letra y el espíritu de la Constitución? Pues al menos los del PP deberían mirarlo, debatirlo y actuar con el decoro y la coherencia que merece el asunto.

Rajoy es resistente al cambio, designó al portavoz del grupo parlamentario con el argumento peregrino de que “ya le tocaba”, como si fuera un asunto de antigüedad, de escalilla, sin tener en cuenta idoneidad, capacidad, mérito y conveniencia. Luego pasa lo que pasa. Y a la hora de buscar responsables del fracaso electoral se mira más fuera que dentro, la comunicación como causante y los periodistas como chivos expiatorios.

Por todo ello el ejercicio que Ciudadanos exige a los del PP, para abrirles la puerta de algunos gobiernos autonómicos y locales, es interesante, impone renovación, aunque también es probable que los pactos queden en papel mojado, intención que no se materializa. A la hora de buscar causas de algunos problemas, les vendría bien releer la letra y razonar el espíritu de ese artículo 6 de la CE.