Batacazo popular y gobernación fragmentada

Los electores han decidido abrir una nueva etapa en la política española con nuevo reparto de cartas y de poder. Si hace cuatro años entregaron la gobernación al PP con mayorías abrumadoras y generalizadas, y propinaron un severo castigo al PSOE, en esta ocasión el batacazo popular es histórico y el mapa se abre a alianzas múltiples que rozan lo inimaginable. La voluntad de pactar de los populares, el partido menos entrenado para ese arte, necesita de cursos acelerados de negociación efectiva. Los socialistas siguen tan debilitados como hace cuatro años a pesar de haber pasado por dos refundaciones, la de Rubalcaba y la de Sánchez, pero van a aumentar sensiblemente cuotas de poder, aunque sea compartido con otros partidos.

Los nuevos partidos obtienen éxitos desiguales, menos de lo que pretendían y esperaban. Podemos no desborda a los socialistas, salvo en algunos lugares como los ayuntamientos de Madrid, Barcelona y Cádiz. Tampoco hunde a Izquierda Unida (aunque cerca andan) que va a mantener más de dos mil concejales con el 4,8% de los votos. Podemos tendrá que abordar una nueva y compleja fase de acuerdos, en algunos casos con ventaja, que pondrá en tensión sus bases y su organización. La evolución de Podemos va a ser uno de los fenómenos a seguir a partir de ahora.
Algo que sirve también para Ciudadanos, sometidos a la tensión de pactos que reconfigurarán un partido centrista con margen para bascular por ambos costados. El PP y el PSOE van a coquetear con Ciudadanos para alcanzar mayorías, pero se trata de un abrazo peligroso para los nuevos que protegerse de sus eventuales socios.

El PSOE salva los muebles, aunque pierde un millón de votos y dos puntos respecto al resultado de hace cuatro años. Desastre en Cataluña y éxito en Andalucía. Mal en el ayuntamiento de Madrid y menos mal en la Comunidad que habilita la posibilidad de que Manuela Carmena sea alcaldesa y Gabilondo presidente de la Comunidad. Los socialistas van a ganar poder municipal y autonómico, unido al consuelo de que el PP pierde casi tres millones de votos (diez puntos) que les coloca fuera de cualquier hegemonía.

Los electores han dibujado un nuevo mapa político, más parecido a los de los países pequeños del norte de Europa. El valor de estabilidad política que ha sido un activo de la valoración de España en el mundo, entra en una nueva fase. Los electores han dado empujado la media hacia la izquierda, mucho más de lo que representan los votos porque la cosecha de poder va a ser muy generosa.

El PP tendrá que abrir una fase de reflexión y de ajustes internos con dimisiones y renovación; pro no será fácil y tampoco parece improbable que se produzcan fisuras, escisiones y heridas con efectos incalculables.

Desde el nacionalismo independentista sostenían que los madrileños están abonados a la derecha y el centralismo casposo, una proposición desmontada por lo ocurrido en estas elecciones. La suma de votos independentistas en Cataluña no da bien, aunque habrá muchos alcaldes decididos a una declaración unilateral de independencia. Navarra cuenta con un reparto casi imposible que abre múltiples posibilidades. Bildu mantiene la cota de los 300.000 votos, a la zaga del PNV que solo lidera Vizcaya. En Galicia se produce un vuelco hacia la izquierda con mucho tinte nacionalista, que complica el liderazgo de Feijóo.

Hay que esperar unos días para confirmar los resultados por cuando quedan flecos que pueden producir variaciones. Y, sobre todo, hay que esperar el despliegue de los pactos que sentarán bases para las inminentes elecciones generales que definirán el vuelco político en España.