Varoufakis o cómo marear la perdiz con suficiencia

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Jordi Évole tiene mérito, rara avis en la televisión española, que hace lo que nadie y se arriesga como muy pocos. Sus entrevistas suelen dejar actuar a los entrevistados, el resultado final depende del protagonista, mientras el entrevistador pretende pasar por ingenuo. Évole ha construido un personaje desde la marca del follonero a la de entrevistador que se siente con los personajes menos probables. Consigue audiencias sobresalientes (13% el domingo) con un programa sin la menor concesión a la banalidad, entrevistas en inglés con subtítulos, entrevistas largas con temas complejos; buen trabajo de edición y muy eficaz selección de temas, localizaciones y enfoques. Sin duda es lo más fresco e interesante de la televisión. Como lo han sido las dos entrevistas a Rivera y Garzón en la noche del sábado en La Sexta (en prime time con audiencias del 17%) primero con periodistas profesionales y luego con público, ciudadanos normales.

Ambos fenómenos indican que el personal quiere información política caliente, fresca, huyen de lo oficial (de la televisión pública que se desangra por meses) y quieren saber, conocer. Por eso las encuestas han asumido que estamos al borde de un cambio serio de preferencias electorales, más profundo de lo ocurrido en Andalucía.

Evole entrevistó a Varoufakis en su despacho de Atenas, completó la entrevista con entrevistas en la calle, ciudadanos griegos, en Bruselas, corresponsales españoles, y en Hamburgo, en la Alemania profunda. El resultado fue un puzle bien armado que permite algunas conclusiones subjetivas. Varoufakis es un profesor brillante, dialéctico, pedante (lo sabe y lo utiliza) y con escasa inteligencia práctica. Sus argumentos son dialécticos, académicos y típicos de gente estupenda que brilla con escasa cosecha.

El eje argumental del ministro griego es que Europa no puede permitirse un fallido en el proyecto euro; que la salida de un socio abre la puerta al fracaso. Una posición pragmática pero aventurada, especialmente cuando se utiliza de forma continuada, sin ponderar que la otra parte va generando resistencias para aceptar el fallido, para soportar el accidente de que algún socio tenga que irse sin que le echen, por gravedad.

Varoufakis ha vivido más tiempo fuera de Grecia que dentro y buena parte en otros continentes, Estados Unidos y Australia. Durante la entrevista exhibió los mejores modales, enorme respeto por sus pares en Bruselas, incluido el alemán. Sugirió que los periódicos no se enteran, que las desavenencias por el caso griego no existen, que se encuentra cómodo entre los ministros del euro, que le escuchan y a los que escucha. Pero no e seso lo que dicen los demás. El cuadro real no es tan pacífico. Varufakis es hábil mareando la perdiz, bien entrenado en las salas universitarias anglosajonas. Pero, como él mismo señala, en Bruselas se practica la política, en acuerdo con cesiones, que luego hay que vender en casa.

La izquierda española, la nueva y la vieja, no tiene entre sus cuadros personajes como Varoufakis, los de aquí son más lineales, suficientes pero de otra manera, con otra escuela y experiencia.

Grecia está más cerca del precipicio que hace tres meses, el nuevo gobierno goza de aceptación por nuevo, por diferente, pero en desempeño, en resultados está ayuno, no ha conseguido nada y va perdiendo posibilidades y margen con el paso de las semanas. Quedan vías de salida, oportunidades para algún acuerdo, pero cada día con menos probabilidades. Varoufakis, si la apuesta sale mal, volverá a sus universidades, a sus disquisiciones y nuevos libros polémicos.

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