Martín Patino, protagonista y testigo de la Transición

José María Martín Patino cumplía hoy 90 años, no llegó a celebrarlo, lo sospechaba desde hace meses, murió el domingo, en paz consigo mismo y en desasosiego por el devenir de la convivencia entre los españoles. Patino, el padre Patino, el cura, José María… tanto da, representa como pocos la pasión por el diálogo, el entendimiento, la concordia y la tolerancia en la sociedad española, para superar la guerra civil y evitar volver a las andadas y, sobre todo, para construir una sociedad que merezca la pena. José María era un duro en sus convicciones, en su carácter, incluso con mal genio, pero también un convencido de que hay que hablar, que quiere decir escuchar y opinar, debatir, para convencer y transigir.

A su edad el cuerpo mostraba las cicatrices acumuladas, la fatiga que le obligaba a utilizar bastón, pero mantenía la voluntad firme, la cabeza ordenada, la memoria activa y cierta irritación y decepción por la dificultad actual para que los dirigentes escuchen, mediten y dialoguen. Más irritación aun por la corrupción, por la retahíla de nombres de personas que había conocido bien y que habían caído en la tentación de la codicia, la soberbia y la desconsideración.

En la homilía de la misa que concelebró a primera hora del lunes el con la comunidad de jesuitas antes de enterrar a Martín Patino, el arzobispo Carlos Osoro destacó con tino la pérdida de un hombre de Iglesia (Patino lo fue) y de una persona de diálogo y de encuentro. Ambos datos son ciertos y verificables. Las memorias que tenía muy avanzadas y que espero se publiquen pronto, permitirán ratificar ambos hechos.

Aunque es inseparable vincular al jesuita Martín Patino con el cardenal Tarancón, de quien fue influyente provicario en Madrid y antes responsable de liturgia postconciliar en Oviedo, también hay que reseñar que Patino mantuvo una intensa agenda, que justifica una vida, de influencia en la vida social y política nacional a través de sus escritos y de su conversación constante con líderes políticos y sociales en pro del entendimiento, de la convivencia.

Patino sostuvo con el cardenal Tarancón que la Iglesia debía distanciarse del Estado y del protagonismo político partidista, después de décadas de nacional catolicismo. Si no hubo partido democristiano en España después de Franco fue por las inquinas e intolerancias de los democristianos (Juan Antonio Ortega las ha relatado con precisión en su Memorial de la Transición), y no por la renuencia de Tarancón. A los políticos correspondía hacer ese partido, no a los obispos.

Patino estuvo detrás de la homilía de Tarancón en los Jerónimos, también de no pocas negociaciones para evitar el bloqueo de la Constitución de 1978 por barreras confesionales. Sin olvidar el intenso y discreto trabajo para alcanzar la paz en el País Vasco y el entendimiento en Cataluña. La cuestión catalana era uno de los problemas que desasosegaban a Patino últimamente, la incapacidad de unos y otros para escuchar y para debatir con fundamento.

Defender el diálogo, como lo hacía Patino, nada tiene que ver con abdicar de principios o renunciar a convicciones. Por eso hay que destacar que actuaba con libertad, con independencia y que cantaba su verdad a quien le escuchaba fuera Polanco, Aznar o Juan Carlos. También al sobrevenido duque de Alba que no fue jesuita aunque lo aparentara.

En el despacho y comedor de Martín Patino en la calle Oquendo, o antes en Velázquez, quedan muchas confidencias, muchos caminos abiertos intentos para el entendimiento, para alcanzar una sociedad más justa. Con Patino se va otro de los protagonistas y testigos de la Transición, que es una de las páginas más brillantes de la magullada historia de España. ¿Quién asumirá ahora el papel para el entendimiento y el encuentro que protagonizó José María Martín Patino durante el último medio siglo?