Cuando los espías dominan la escena... malo, malo

El último espía que alborotó la política nacional fue Perote, que puso sus secretos al servicio de Mario Conde para intentar redimir a éste de una causa que arruinaba sus expectativas. No sirvió al objetivo previsto pero por el camino provocó alboroto mediático y político, algunas dimisiones, pruebas para enjuiciar y condenar a altos cargos que abusaron de su posición... En resumen acreditó la descomposición del Estado y el agotamiento del socialismo de Felipe González, tras más de una década en el poder. Perote demostró que los servicios secretos trabajaban en las alcantarillas y que, de paso, algunos aprovecharon la oportunidad para completar honorarios al margen del Estado. Los espías hicieron un servicio no previsto, aventar la porquería en la que se movían, provocando no pocos daños políticos y sociales. Porque cuando los espías salen a la superficie el olor apestoso se extiende y se percibe.

Acabó aquella aventura y de los espías se dejó de hablar, volvieron al subterráneo. Ahora reaparecen metidos en no pocas batallas (operaciones), entre ellas la que ha defenestrado al presidente de la Comunidad de Madrid, con poca piedad de sus jefes políticos. La conversación de cafetería entre González y unos policías-espías que no trabajaban al servicio de la justica sino de ajustes de cuentas entre políticos, revela un modelo indeseable.

De la conversación de casi una hora entre el presidente madrileño y los policías (un hecho de por sí sospechoso e irregular) hemos conocido uno minutos que no son nada edificantes. ¿Cómo serán los demás minutos? Es evidente el objetivo del filtrado de ese trozo de cinta, pero resulta incompleto e inquietante.

Parece obvio que las cintas grabadas, en directo o por teléfono, son piezas de destrucción política y de chantaje. Todo huele a delictivo, a abuso de poder y a política sucia. No es menos grave la indiferencia de las autoridades ante estos hechos, miran a otro lado con una mezcla de miedo y de precaución. Felipe González sostuvo en su día que las alcantarillas del poder son imprescindibles para limpiar, sin atreverse a añadir la exigencia de que no contaminar o manchar más.

Lo que conociendo estos días no son operaciones de limpieza, más bien todo lo contrario, son actuaciones para manchar, para corromper y destruir. El olor a un ajuste de cuentas entre espías de distintas casas o filiaciones es evidente; todas casas del Estado, financiadas por los contribuyentes, pero con distintos deudos, enemigos y pretensiones.

En cualquier caso está demostrado que cuando los de las alcantarillas salen a la superficie suele ser para dañar al estado, para perturbar y abrir una fase de inestabilidad con mezclas de verdad y mentira, con manipulación y chantaje. La guerra ha empezado y en tiempo electoral no es probable que alguien sepa controlar los daños y exigir responsabilidades.