El CIS entierra al PSOE y bendice a Podemos

El barómetro de julio del CIS (encuestas realizadas la primera semana de julio) entierra al PSOE con una estimación de voto del 21 % en unas generales que dejarían al grupo parlamentario socialista en las raspas, con dificultades para soportar su estructura ya reducida y maltrecha y riesgo de escisiones e incluso de una disolución a la italiana.

La alternativa por la izquierda de Podemos escala a la tercera posición con una estimación de voto superior al 15 %, casi el doble que IU, que en el mejor momento sale severamente malparada, con pérdida de tres puntos respecto a la media de las encuestas del último año. El otro grupo nacional alternativo, UPyD, también sufre quebranto, queda por debajo del 6 % con pérdida de tres puntos respecto a la media anterior. Ambos grupos (IU y UPyD) sufren desgaste de materiales, forman parte de lo conocido que no convence.

El PP mantiene la cabeza con una estimación del 30 %, la más baja de su historia con esas siglas, incluida la segunda etapa Fraga. El grupo parlamentario resultante de esos votos estaría lejos de la mayoría suficiente, con serias dificultades para armar un gobierno de coalición. Y en las dos comunidades nacionalistas, País Vasco y Cataluña, los grupos más soberanistas (HB-Sortu-Amaiur y ERC) superan a los grupos moderados (PNV y CiU).

En resumen, un terremoto político en la aritmética y la arquitectura política española que conviene analizar con prudencia, ya que no es lo mismo un sondeo alejado de la convocatoria electoral, que la votación efectiva.  Pero la señal está enviada, un buen número de electores están cabreados, indignados y decididos a votar a la contra de las mayorías habituales.

Para el nuevo secretario general del PSOE la encuesta le ofrece un suelo, con riesgos y oportunidades, a partir del cual puede aspirar a mejorar y recuperar posiciones; pero eso requiere rectificaciones que van más allá de lo formal, del aspecto y el tono. Por ejemplo en su posición frente a las corrupciones detectadas en su propio partido, aspecto sobre el que está pasando de puntillas.

El PP apuesta sus expectativas a la recuperación económico (mucho más débil de lo que desea y sostiene el presidente) y a recuperar a sus votantes tradicionales que, por ahora siguen en la abstención. Es decir, que apuesta por la inercia y el miedo a los demás, más que por la virtud de su política.

Los partidos de gobierno, los dos nacionales y los dos nacionalistas, sufren un desgaste acentuado y sin rectificaciones decididas tropezarán con dificultades para volver a gobernar. El problema es que las alternativas tampoco tienen mucho que ofrecer  más allá de la crítica a lo que hay. La crisis económica convive con una crisis política, institucional, que requiere cirugía, un nuevo consenso social, equivalente al que hizo posible la transición y la Constitución hace un tercio de siglo.

Emilio Lamo de Espinosa en una interesante entrevista de Alfonso Armada en el ‘ABC’ del domingo decía: “Necesitamos otro proyecto político nacional de futuro. Eso fue la Transición, un proyecto de futuro que dinamiza, moviliza, une y orienta. Eso es una nación, un proyecto de vida en común, no un pasado, sino un futuro, que tira del país adelante, que aglutina. La Transición fue un proyecto interclasista, del centro y la periferia, que dio enorme fuerza al país. Había otro factor, Europa, con gran vitalidad, de la que en este momento carece…habría que hacer una reforma de los partidos políticos…vinculada a un proyecto de ejemplaridad. España necesita austeridad, sencillez de la vida política”. Propuestas sencillas pero llenas de sentido.