Avalar no significa votar

El relevo socialista irá de votación en votación (aun de distinto grado) hasta la recomposición que debe culminar en el Congreso extraordinario del último fin de semana de julio. Un corto período de tiempo desde el fracaso electoral en las europeas del 25 de mayo para dar la vuelta al partido y aspirar a volver a ser alternativa de gobierno. La presidenta andaluza Susana Díaz reitera que sin voluntad de gobernar el PSOE carece de sentido, una observación bastante atinada que puede servir de alerta sobre derivas populistas que descentren el partido y le alejen de la gobernabilidad.

El primer escenario de esta carrera por etapas ha sido el de la recogida de avales, un trámite que se ha convertido en unas primarias. Con los avales se cierra el paso a aventureros que quieran hacerse un nombre con una candidatura imposible. El 5% de los votantes requerido es una barrera razonable, ni tan alta que desaliente, ni tan baja que no sirva para nada. Pero un aval es solo el reconocimiento de candidato.

La normativa impone que cada votante solo puede dar un aval, lo cual es limitativo y un tanto inútil. Cada votante podría avalar a varios candidatos por razón de pluralismo y porque reconocer idoneidad no significa nada más que eso, sin compromiso adicional. De hecho el aval no compromete el voto, especialmente cuando éste es secreto e individual. La fuerza de los aparatos se diluye; especialmente en momentos de cambio en los que lo viejo carece de capacidad.

El candidato Madina, que partía como previsible ganador, se ha sorprendido por los avales de su primer adversario, el candidato Sánchez, del que se sabe bastante poco fuera del partido y algo más en las agrupaciones. Los avales de Sánchez le han convertido en favorito, pero no hay garantía de que sus avalistas le voten, ni siquiera que sean suficientes para ganar. De manera que todo es incierto, abierto, porque ni hay precedentes, ni sirven las encuestas que publican algunos medios ya que no hay base demoscópica para una estimación con un mínimo rigor. Hasta que se cuenten las papeletas todo es posible.

Y una vez elegido el secretario General empieza otra carrera para componer la Comisión Ejecutiva y el Consejo Federal, que serán sometidos a la votación de los delegados en el Congreso de finales de mes. Una votación que puede ratificar y reforzar al nuevo secretario general o dejarle malherido a las primeras de cambio. Las hipótesis están abiertas. Y luego queda la designación del candidato para encabezar el cartel electoral que muchos quieren someter a primarias y que pudiera llevar a otra experiencia como la que protagonizaron Almunia y Borrell, que llevó a ambos y al partido a un desastre.

De manera que al PSOE le queda mucha leña por acarrear, mucho trigo por segar, antes de reencontrase consigo mismo y con los electores. Avalar no es votar, y el voto secreto tiene la magia de la imprevisibilidad. Demasiados ajustes de cuentas pendientes, demasiados desahogos por sentir, como para pensar que el proceso es controlable.