Rajoy el africano pide votos en Guinea

La política exterior española va dando tumbos desde hace décadas. Al rey Juan Carlos se debe mucho que España suene el mundo, más que a la acción política de los gobiernos, que adolecen de déficit geográfico y geopolítico. Suárez hizo una política exterior de presencia pero bastante tenía con conducir la transición, que fue determinante para aspirar a tener voz en el mundo. González supo colocarse en Europa y en América, rectificó la política atlantista de su partido y consiguió para él y para España una posición y prestigio por encima de lo que le correspondía. Aznar rectificó lo anterior con una obsesión por gozar de las bendiciones de los Estados Unidos aun a costa de molestar a los europeos y a los latinoamericanos. Una estrategia favorecida por el hecho de que le tocó un semestre de presidencia del Consejo Europeo que le dio acceso a la Casa blanca y al G7 durante varias reuniones; además dispuso de un bienio de presencia en el Consejo de Seguridad de la ONU, precisamente cuando se debatía la guerra de Irak, con una cerrada posición española a favor de las tesis norteamericanas, frente a europeos y latinoamericanos.

De Zapatero y de Rajoy poco se puede decir en política exterior, carecen de visión y de presencia, son nadie en el mundo, apenas cuentan y durante la última década España ha ido perdiendo posiciones en todos los foros internacionales.

Durante las próximas semanas se van a repartir juego en la Unión Europea con la nueva Comisión que, definitivamente, va a encabezar el luxemburgués y conservador Juncker. A España le corresponde un comisario con comisaría por determinar y además aspira a algo más porque la posición española en Bruselas roza la nada. Las posibilidades son bajas, Polonia e Italia tienen más bazas a su favor y la ampliación a 28 limita las posibilidades españolas que solo es un país intermedio. Rajoy carece de bazas para colocar españoles en la segunda línea europea; jugó mal el relevo en el Banco Central Europeo, esgrimió soberanía y autonomía cuando no la tenía y no tocaba, e hizo caso omiso de algunos consejos prácticos para dar preferencia a argumentos partidistas que no sirvieron.

Y ahora ha visitado Guinea, un viaje poco recomendable, para pedir el voto africano para que España gane un asiento en el Consejo de Seguridad. La afirmación de que si España obtiene ese asiento África tendrá un cuarto voto, los tres que ya tiene (Chad, Nigeria y el sustituto de Ruanda) y el español ¿Cómo le sabrá sonado a los africanos la oferta? ¿Cuál es el currículum africano de España? Exteriores ha trabajado en el voto africano durante los últimos meses, y dicen que lo ha hecho bien; pero este viaje de Rajoy a Guinea suena raro, precisamente en vísperas de la cumbre de Bruselas decisiva para el futuro de la Comisión. Huele a improvisación, a inconsistente.

Quizá todo está medido, y pasado el verano el gobierno Rajoy puede exhibir piezas internacionales relevantes, pero no tiene pinta; España cuenta entre poco y nada, ni es mediador ni es participante. Zapatero consiguió que Francia le hiciera un hueco de invitado en el G20, pero sirvió solo para unas fotos. Con Zapatero la política exterior española fue para atrás, y con Rajoy sigue igual, el guiño africano de ayer tiene poca sustancia, no es creíble. Si consigue el asiento en el Consejo de Seguridad para dos años habrá merecido la pena.