Mas no escuchó lo que quiere oír

Que Cataluña es uno de los retos, probablemente el primero, para el rey Felipe VI quedó ilustrado ayer con esos brazos abajo, manos cruzadas, de Artur Mas (también de Urkullu, aunque esa es otra historia) en las tribunas de invitados del Parlamento. No he escuchado lo que quiero oír, aunque ha dicho lo que esperaba. Ese fue el argumento del Presidente de Cataluña y de Convergencia Democrática, uno de los partidos que durante treinta años ha sido copartícipe de la gobernación de España y del consenso constitucional, el tercer partido de gobierno con presencia proporcional, aunque no obligatoria, en las instituciones del estado, del Banco de España, al Consejo de Poder Judicial, el Constitucional, RTVE… No es el caso del PNV que mantiene distancia de todo eso, que incluso puede argumentar que se quedó a la puerta de la Constitución una vez garantizados sus Fueros y el Concierto.

La pasividad de Artur Mas supone un dato más, otro escalón en el distanciamiento o en su escenificación. Cada cual tiene derecho a expresarse como el parezca oportuno, pero corre el riesgo de la descortesía; no aplaudir un discurso con principios democráticos poco discutibles con la excusa de que no dice lo que yo quiero define al personaje y sus circunstancia. La sociedad catalana juzgará el comportamiento de su Presidente. Y el Gobierno español tendrá que determinar si solo toma nota y pasa al olvida o si el gesto merece equivalencia en la distancia.

El Rey tendrá que asumir un papel en esta crisis porque entra en sus competencias, el problema es qué papel le corresponde, cómo, cuándo, dónde. El Rey (art 56 de la CE) “es símbolo de la unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”. Por tanto entra en sus cometidos o competencias, pero su ejercicio tiene que ser firme, sutil, efectivo, pero discreto. Hacer sin que se note.

El Rey ha explicado cómo entiende la Corona hoy aquí y ahora, y los argumentos tiene poco que ver con las teorías clásicas de la monarquía. No estamos ante un sistema de gobierno alternativo a otro, sino ante una vestimenta útil para la democracia parlamentaria. Existirá mientras sea útil, y la ausencia de la segunda hija del Rey anterior, Cristina Borbón, es el mejor indicativo de esa utilidad.

Santos Juliá dejó ayer claro, con datos y citas, en su artículo en El País que el republicanismo de la izquierda tradicional (PSOE y PCE) es muy limitado, nunca la República fue el objetivo de la izquierda aunque algunos de estos “adanistas” que abundan en estos tiempos se declaren “republicanos” sin concretar, ¿de qué tipo de República, la primera o la segunda en España, la norteamericana, la venezolana, la francesa, la argentina, la italiana, la alemana, la china, la finlandesa, la rusa, la austriaca…? Se puede decir cualquier cosa, pero conviene precisar, aunque solo sea para facilitar la conversación.

Cataluña es el problema y el Rey tendrá que arbitrar y moderar, entre otras razones por la ausencia de que las otras instituciones hagan su trabajo. Hasta ahora no lo han hecho, porque ni los gobiernos de España han entendido el problema, ni el Constitucional anterior supo estar y ahora el proceso va a su aire.