De cómo Miguel Arias devino en Cañete

La campaña electoral “europeas 2014″ pasará a la historia como una de las más deprimentes, desmovilizadoras y vulgares de la historia democrática. Ha sido la campaña de la “superioridad moral de un varón que fracasó en un debate en televisión”. La campaña en la que el ministro más valorado del Gobierno (valorado más por su baja exposición que por sus obras) al que quienes le conocen llaman Miguel Arias, se convirtió en Cañete, un tipo tirado “palante”, que llama la atención por sus incorrecciones.

El domingo las urnas darán un veredicto que cada contendiente juzgará como mejor le convenga, aunque con tendencia a que no cambie nada, para seguir con lo que hay. Estas elecciones han discurrido con debates (por llamarlo de alguna manera) que nada tienen que ver con el proyecto europeo, ni con lo que dilucidará el nuevo Parlamento durante el próximo quinquenio.

El eje de la transición española, la salida del franquismo, pasó por la vinculación a Europa, parecerse a los vecinos, equipararse, ese era el objetivo, el camino. Y ese viaje está hecho; España se sitúa en la media europea tras un par de décadas de homologación ayudada por trasferencias que han contribuido a sostener la agricultura y a un gran despliegue de infraestructuras físicas.

De los aciertos y errores de ese proceso y de cómo continuar es de lo que habría que haber debatido en esta campaña electoral, pero no ha ocurrido, todo lo contrario. El eje central del debate se ha centrado en el machismo (la baza socialista frente a los populares) y en los males del bipartidismo (la oportunidad para los nuevos partidos). Todo ello con los hábitos de la vieja “política”: mítines, carteles inútiles por las calles, propaganda, pocas ideas y mucho ruido. También bastante gasto innecesario.

El Gobierno y el PP querían una campaña de baja intensidad, corta, sin debate y poco ruidosa. Pero se cumple la ley de los gases y los vacíos se ocupan por quien puede. En este caso en ausencia de ideas ha llegado la bronca destemplada, los excesos verbales y la demagogia. Del proyecto europeo, de sus oportunidades y riesgos no se ha debatido nada, la campaña ha servido a modo de plató de un gran espectáculo al estilo de “Supervivientes” con unos personajes llamativos, estrepitosos, determinados a llamar la atención y dar espectáculo. Quejarse de que la participación se quede por debajo del 50% (incluso del 40%) carece de sentido, se recoge lo que se siembra. Lo mejor es que el domingo concluye el espectáculo. Esta ha sido la campaña de “cañete”, una palabra sin significado en sí misma pero que alcanza dimensión y contenido con lo visto y oído estos días.