El ministro más valorado

Miguel Arias era el ministro más valorado (aunque con suspenso) del Gobierno cuando Rajoy le mandó a la campaña europea. Abogado del estado (de los antiguos que solían ser los mejores de su curso), con experiencia de Gobierno y de la vida, con conocimiento de su materia, viajado y con dotes naturales de empatía y simpatía. Con esas credenciales se daba por supuesto que el debate de anoche lo superaría de calle, frente a una dirigente socialista con poco recorrido, a la que no se ha visto otras maneras que las habituales en los mítines.

Pero el señor Arias se sentó ante las cámaras y no paró de temblar y de balbucear cifras con un discurso plagado de carencias, ni siquiera propio de un opositor agobiado. Ni fondo ni forma, ni contenido ni brillantez. Si este es el mejor ministro de Rajoy ¿cómo son los otros? No se trata de un fruto de la LOGSE o de cualquiera de las leyes o programas educativos de las últimas décadas; el señor Arias se formó en el bachillerato de los sesenta y la universidad de esa y la siguiente década. Y tras cuarenta años de vida profesional con muchos cargos y responsabilidades no fue capaz de hacerse entender ante las cámaras en un debate fácil, casi un tongo.

Cabe la excusa del dolor de muelas, una mala tarde la tiene cualquiera, el problema es que era la mejor oportunidad de su vida para acreditar ante dos millones de espectadores (muchos para la materia y el desempeño de los invitados) ese título de “mejor ministro de Rajoy”. Porque entre esos dos millones de esforzados espectadores (no fue fácil aguantar hasta el final sin desesperarse) estaban los propios más fieles a los que seguro que decepcionó, y algunos indecisos animados a soluciones extremas, desde no ir a votar a hacerlo por el contrario para castigar el doble.

Sobre la candidata socialista hay poco que decir; iba de manifiesta perdedora, y se fue con mejor perfil del que te traía. Al menos no tiritaba, ni incurría en el error de leer unos papeles pegados a las manos y manejados con torpeza.

El debate fue un disparate desde su gestación y negociación a la ejecución. Aunque lo peor fueron los artistas invitados. Tanto lo habían preparado que el resultado fue un caso para explicar lo que  no se debe hacer en un debate político preelectoral.

Los resultados de estas elecciones son muy inciertos aunque las encuestas ofrecen una sospechosa semejanza, casi unanimidad en las estimaciones. Sospecho que el debate de ayer no movió votos decisivos y no ayuda al PP para ganar ese medio millón de votos indecisos a los que aspira para poder decir. “hemos ganado”, que quiere decir obtener un voto más que los socialistas, instalados en una sima sin precedentes. Para estos la aspiración es obtener un porcentaje mejor que en las generales, con eso se conforman.  Esas son las expectativas de los grandes partidos ante la peor crisis de la joven democracia española.