La desigualdad irrumpe en el debate

El libro de un economista francés (Thomas Piketty) titulado “El capital del siglo XXI” ha abierto un debate mundial de altura y alcance con la desigualdad como problema de referencia. El libro no ha llegado a España aunque se lee en francés e inglés y se ha colocado en la cabeza de las ventas de no ficción en los Estados Unidos a pesar de ser un tocho de 700 páginas con mucho aparato estadístico que refiere atención y pensar más allá de lo habitual.

A lo largo de la actual fase de recesión, la crisis, las palabras habituales han sido ajustes y reformas, flexibilizar y liberalizar. Llega ahora otra referencia adicional. La desigualdad, que tiene bastante que ver con la justica, la equidad y finalmente la democracia. Porque si la democracia no contribuye a la igualdad de las oportunidades y a la equidad, tendrá poco recorrido.

Los economistas han entrado al debate y este fin de semana en todos los suplementos serios de economía hay artículos con el libro de Piketty como argumento. Queda ahora el paso al debate político, que es donde habrá que colocar el debate. Un reto para la socialdemocracia despistada en esta crisis y, más aun, para conservadores y liberales que dominan la mayor parte de las instituciones de poder e influencia política.

El trabajo de Piketty tiene el valor de los datos que contribuyen a pinchar la burbuja de los tópicos y las medias verdades y mentiras gruesas que ominan el discurso partidista y que inducen algunas decisiones de gobierno. Por ejemplo el debate fiscal, que suele venir preñado de tópicos, debería pasar por el filtro del efecto en la desigualdad.

El comentario de la presidenta del Círculo de Empresarios sobre los jóvenes sin empleo ni formación y su utilidad laboral forma parte de la nebulosa de los tópicos que merecen notas a pie de página antes de establecer las conclusiones. La rectificación demuestra buen juicio y sirve de aviso a navegantes. El riesgo de titular es elevado, un excelente discurso puede quedar arruinado por una frase ligera, insuficientemente meditada que luego sirve para hacer ruido y alborotar.

La desigualdad merece atención y seguimiento permanente, ampliar las desigualdades conspira necesariamente con la estabilidad y la prosperidad, también con el potencial de crecimiento. Las sociedades más prósperas no son más desiguales, por algo será. Al discurso del ajuste, la reforma, la flexibilidad… hay que añadir el vector desigualdad, sin el cual la mesa no se sostendrá con estabilidad.