La autoestima catalana y al UE

El comité para estudiar la transición de Cataluña a un nuevo estado libre y soberano considera que su integración en la Europa del euro se producirá con total probabilidad (¿es segura una probabilidad?) por lógica y sentido común. No puede ser de otra forma, estiman, de hecho solo hay que modificar algunos Tratados para incorporar el nombre de otro socio, un nuevo idioma… lo demás está casi hecho. Para reforzar el argumento el portavoz del gobierno catalán añade que Cataluña sería un contribuyente neto, más incluso que Alemania. Algo así como un bebé con herencia que llega a la familia que, por eso mismo, es recibido con alegría.

Resulta un tanto ingenuo el argumento, modificar los Tratados tiene su enredo, su trámite; y no es probable que ese proceso sea del todo pacífico por múltiples razones que van más allá de la oposición (que también formaría parte de la misma lógica y sentido común) de algunos de los miembros, por ejemplo Francia, Italia y Alemania que no verán con benevolencia las pulsiones separatistas.

Es más que evidente que imaginar Europa con el mordisco de la ausencia de Cataluña es inimaginable, pero todo lleva su procedimiento y durante el mismo pasarían demasiadas cosas, la mayoría poco previsibles y poco buenas. Tal y como se comprueba en el Reino Unido la estrategia de la amenaza sobre los nubarrones del separatismo no es la mejor para los unionistas; puede que tenga efectos contrarios a los previsto.

La portavoz de ERC que compareció en el Parlamento español, advirtió que sería bueno “conocernos mejor, comprendernos más”. No entro en si era un pensamiento sincero y positivo pero la proposición está puesta en razón. Antes del choque de trenes convendría considerar argumentos más consistentes y realistas que los que se escuchan habitualmente, incluidas las explicaciones de Artur Mas a Jordi Évole la noche del domingo. Otro sí para esa pretensión jactanciosa que esgrimen algunos de que España, en realidad, ni es una nación, ni siquiera existe, que es solo madrileñismo facha. ¡Pobrecillos!, ¡que ignorancia, qué estupidez!

La argumentación jurídico-constitucional que esgrimió Rajoy en el Congreso es sólida: lo que no se puede, no se puede mientras no cambien las leyes. Pero las leyes no son para conllevarse hasta el odio, son para convivir y cooperar. Entre los nacionalistas catalanes (y otros nacionalistas) y el resto de españoles hay déficit de información, de entendimiento y conocimiento y, sobre todo, de cooperación inteligente.

A Artur Mas le parece poco relevante el mitin del moderado Duran i Lleida sobre esos andaluces, que son unos vagos, que se gastan en el bar el dinero de los catalanes. Pero es tan relevante (y estúpido) como los llamamientos al procesamiento de los separatistas o a la negación de su sentido nacional y de su lengua y cultura. Menos tópicos.

La proposición de Mas de que su gobierno no puede tomar decisiones para procurar la felicidad de los catalanes por el yugo de Madrid no se tiene en pie, es desmedida y tramposa. Los catalanes juiciosos a los que no ofusca la retórica de “cuando éramos libres y felices” (artículo de José Álvarez Junco en la cuarta de El País del domingo) entenderán que el problema tiene más matices y alcance que ese derecho a decidir entendido como prueba y ungüento democrático. Imaginar que Europa no podría vivir sin Cataluña es como sostener que tampoco sin Suiza o Noruega.

En cualquier caso convendría ir trabajando en los escenarios catastróficos con razonamientos racionales, sin dejarse llevar por las emociones ni por una autoestima desaforada o un pesimismo paralizante. Porque lo que sí es muy probable (absolutamente es una palabra peligrosa) es que la separación sería catastrófica para todos, al menos durante bastantes años.