¿Vendrá la deflación?

En el FMI temen que Europa entre en un ciclo de deflación, con España a la cabeza. En el BCE dicen que existe riesgo pero que es leve. Y el ministro Guindos asegura que no habrá deflación, ni en España ni en Europa. ¿Sabe Guindos algo que ignoran los demás? No es probable, más bien utiliza el lenguaje de la política, sometido al agobio que produce las elecciones. Guindos podría haber aprovechado para hacer pedagogía sobre la deflación, que puede venir, pero optó por negar la mayor porque en política cuenta el titular y la anticipación. Lo mismo pensó Zapatero con la crisis, negándola esperaba conseguir el efecto de la profecía que se cumple por el hecho de expresarla. No se cumplió; y algo parecido puede ocurrir con la profecía de Guindos, a medida que pasen los meses.

Los economistas entienden por deflación una caída generalizada y prolongada (cuatro trimestres) del nivel de precios de bienes y servicios, como efecto de un descenso de la demanda. A la observación empírica de un descenso del nivel de precios que mide el IPC, debe vincularse una caída de la actividad, que mide el PIB, con el efecto de una menor demanda. Por tanto para certificar una situación de deflación se requiere que a un año de caída del IPC se corresponda también una caída del PIB.

El BCE estima que los riegos de deflación son bajos, porque el PIB de la Europa del euro va a crecer por encima del 1% este año y algo más el próximo. La señal ámbar de la deflación se justifica por el hecho de que son varios meses consecutivos de caída de precios (0,7%, tasa interanual para Europa en febrero y 0,5% en marzo: Datos que en el casos español son inferiores al 0,4% anual desde hace siete meses, tanto el IPC general como el subyacente (sin el efecto volátil de energía y alimentos sin elaborar). Aquí los economistas han optado por hablar de “desinflación” que es algo así como un estadio entre la inflación y la deflación.

La deflación es desconocida en Europa y, desde luego, en España; solo los japoneses han probado esa medicina con efectos deprimentes durante década y media. Salir de la deflación requiere el uso de herramientas de política económica que no están probadas y que tienen mucho que ver con las expectativas y los sentimientos de los agentes económicos. Y tanto unas como otros andan por los suelos en el caso español.

Para evitar la deflación, que sería catastrófica para sociedades muy endeudadas (caso español), hay que estimular la demanda con políticas fiscales y monetarias expansivas, las unas corresponden a los gobiernos nacionales y las segundas al BCE. Y que el personal se las crea. En el BCE dicen que están dispuestos a actuar, pero más tarde. Y los gobiernos nacionales andan enredados con otras prioridades y obsesiones; sobre todo en convencer a la gente de que la crisis pertenece al pasado.

Efectivamente el riesgo de deflación ni parece ni inminente, ni probable; pero existe. De momento son mayoría los economistas que asumen que los próximos meses, al menos todo este año, los precios se van a mover unas pocas décimas en torno a cero, que consolidarán la congelación de rentas y de salarios. La salida del laberinto se logra con crecimiento, pero la gasolina para crecer no está disponible.