La violencia callejera entra en la lista de riesgos

Las manifestaciones de la “dignidad” que confluyeron el fin de semana en Madrid concluyeron con sentimientos contradictorios; por un lado los convocantes califican el movimiento de exitoso, decenas de miles de personas corearon las reivindicaciones previstas por las calles, incluido el repudio de la deuda y el fin de los ajustes. Pero los incidentes violentos, de los que hay testimonios evidentes introducen variables peligrosas para repetir este tipo de protestas.

La propia policía está afectada por la violencia desatada por grupos organizados que aprovechan el tumulto para sembrar la confusión y desestabilizar. Los policías de base se sienten víctimas de una dirección deficiente y los mandos policiales y políticos se justifican amparándose en que la violencia de grupos activistas es novedosa, fruto de preparación y determinación, tanto que ha sorprendido a las fuerzas del orden.

A todo esto hay que añadir los que podemos llamar “caldo de cultivo” para esa violencia organizada y amparada en la masa. El caldo de cultivo se produce entre los propios manifestantes más inclinados a amparar y “entender” a los alborotadores violentos que a la policía. Los organizadores de las protestas rechazan la violencia con declaraciones genéricas, pero sin condenarla y sin que tomen medidas para aislarla y evitarla.

Basta repasar las redes sociales para apreciar ese caldo de cultivo de amparo, comprensión, justificación e incluso excusa. Actitud que coincide y se sustenta en las críticas a la policía, con argumentos tópicos como los maltratos y las torturas, que tienen algunos casos probados y algunas complicidades en forma de indultos y faltas leves, pero que de ningún caso pueden servir de justificación de la violencia.

La crisis está durando demasiado, sus efectos de exclusión y abandono para una parte de la población son evidentes. Y la respuesta a las necesidades brilla por su ausencia. Que el FOGASA (garantía salarial) esté desbordado y tramite expedientes con dos años de retraso es un buen indicador de falta de sensibilidad y de abandono y desdén por los más débiles.

La crisis cursa con pocos incidentes en la calle; son muchas las manifestaciones sin incidentes; pero se percibe desde el caso Gamonal en Burgos y lo ocurrido este fin de semana en Madrid (y no son casos excepcionales) que hay grupos organizados, con la violencia como objetivo, que se amparan en la masa para sembrar el caos en momentos críticos. Antes o después se producirá alguna catástrofe irreversible, como la que sufrieron en Melilla los africanos que querían llegar a España. Vendrán los lamentos, las preguntas, las críticas, las amenazas… y prudente sería prevenir, actuar antes de que el fuego sea demasiado dañino, identificar, aislar, desactivar a los violentos. Eso requiere eficacia policial y judicial, rapidez, pero también cultura ciudadana, que el caldo de cultivo de arrope los huevos de la serpiente. Los avisos son evidentes, los indicios preocupantes; hay tiempo para evitar, pero se requiere diligencia y compromiso.