Adolfo Suárez, llena todo el espacio

Las sociedades, la historia, necesitan héroes, personajes señalados, elegidos que despiertan admiración por los valores que se les atribuyen y el respeto que merecen. Los héroes desbordan su propio avatar y reconstruyen su historia incorporando hasta milagros. El décimo aniversario del 11M nos brindó la concordia de las víctimas, de las asociaciones que las representan que han padecido por los tirones de los políticos profesionales y de otros activistas. Pero esa concordia no se trasladó a toda la sociedad entre otras razones porque “los Roucos”, ofuscados por el dogmatismo, monopolizaron la presa y el mensaje.

Con la muerte de Suárez pudo ocurrir algo parecido, no ha sido así, nadie ha monopolizado el acontecimiento, por ahora, y la expresión ciudadana y la pluralidad española se han expresado con plenitud y unanimidad. Al menos hay algo que une: la figura del primer Presidente de la democracia, el conductor de la reforma política.

La presencia de los tres expresidentes vivos (Felipe, Aznar y Zapatero) en la despedida de Suárez ha sido franca y quizá sin precedente. Y tan sugestiva como esa imagen del trío de expresidentes ha sido la del presidente de la Generalitat que aprovechó su presencia en Madrid como testimonio de homenaje a Suárez, para reclamar la misma audacia que llevó al Presidente del Gobierno preconstitucional de 1977 a restaurar la Generalitat con Tarradellas al frente. Una decisión poco comprensible en aquel momento para muchos españoles que ignoraban casi todo sobre la cuestión catalana, pero que ha servido para sostener un tercio de siglo de convivencia y cooperación constitucional. Artur Mas no ha tenido ningún escrúpulo para aprovechar el homenaje a Suárez para reclamar ahora audacia equivalente a la 1977.

La principal virtud atribuida a Adolfo Suárez a lo largo de estos días es la de la audacia para llegar más lejos, también su capacidad para escuchar y convencer, para convocar a los adversarios hasta implicarlos en un camino compartido. Y esos méritos se echan en falta en la encrucijada actual. El propio Artur Mas recordó a la puerta del Congreso que Suárez tomó decisiones que no fueron comprendidas, ni apoyadas por muchos, que le llevaron luego a la soledad, pero que hicieron historia por las que ahora recibe un reconocimiento universal.

¿Habría que entender el mensaje del Presidente catalán como una llamada a negociar? Me parece que lo es, aunque la cuestión es ¿cómo sigue, cómo se materializa, quién le pone el cascabel al gato? Desde luego que si alguien consigue abrir oportunidades a esa negociación serán muchos los que se sumen para sustentarla hasta alcanzar otro consenso para el siguiente tercio de siglo.

La muerte de Suárez ha proporcionado una buena excusa para revisar la historia, para reivindicar la Transición (con mayúscula por lo singular y excepcional), para revalorizarla y para revalorizar los valores del diálogo, la audacia, la visión y la tolerancia que hicieron posible aquella aventura. Porque el fracaso de la Transición que ahora se percibe, y en el que algunos insisten, no lo fue por lo hecho entonces, sino más bien por la gestión posterior, por lo ocurrido en fechas más recientes, por la mala gestión de una obra eficaz, ejemplar y feliz. Recuperar algunos valores de la Transición podría parecer una victoria póstuma de Suárez, un ejemplo para evitar extravíos y fracasos.