Adolfo Suárez, el presidente más denostado y más amado

El director nos invita a los colaboradores habituales de “República” a razonar sobre la figura de Adolfo Suárez; lo más sencillo es repetir lo que ya se ha reiterado hasta la náusea; la necrofilia nacional ha colocado a Suárez en el altar de la democracia, un héroe irrepetible, un patriota, el mejor Presidente… los elogios son casi infinitos y apuntar alguna crítica sería tan inútil como parar la bola de nieve con un dedo cuando llega al valle arrastrando toneladas de nieve.

No tengo ningún desamor al presidente Suárez, nunca se lo tuve, especialmente mientras fue presidente entre el verano de 1976 y el invierno de 1981. Tampoco después cuando andaba más solo que la una; cuando solo unos pocos muy leales le siguieron en su etapa de desierto, en su dura reencarnación en el CDS y en los años posteriores, desde principios de los años noventa, cuando tomó distancia de casi todo y de casi todos.

Suárez es una figura clave en la historia de España con página específica, singular y positiva. Pocos pueden decir que han cumplido ese deber moral de aportar a la sociedad más de lo que recibieron. Fue valiente, audaz y capaz de conducir la política española hacia la tierra a la que aspiraba la mayoría, aunque desconociendo el camino.

Muchos de los que ahora colocan en los altares a Suárez no creyeron en él cuando lo necesitó. De pocos políticos se han dicho más barbaridades, especialmente desde sus propias filas, como de Suárez. Abel Hernández en un excelente libro-crónica que acaba de publicar y que ha pasado desapercibido hasta ahora, explica mejor que nadie hasta ahora, la dimisión de Suárez, su salida de la Moncloa a principios de 1981. Contribuyeron al fracaso desde el propio Rey, a los militares, la derecha tradicional y sobre todo los compañeros de partido que conspiraban sin tregua contra su jefe, que para mortificarle eligieron de portavoz en el Congreso a la persona que más podía molestar al Presidente del partido (la UCD) y del Gobierno.

Todo aquello forma parte de miserias que no dejan huella histórica, aunque dañan a las personas. La obra histórica de Suárez ya estaba hecha y era irreversible; tratar de minimizarlo sería injusto; en la transición hay huellas, personas, factor humano, y la determinación del Rey y de Suárez deben aparecer siempre en primer plano a un nivel muy semejante, si el Rey fue motor, Suárez fue conductor.

Su muerte ha despertado una catarata de elogios y de admiración. Y eso está bien, es justo, merecido. Incluso puede ayudar a recomponer la autoestima nacional, en España y también en Cataluña. Adolfo Suárez fue un español que entendió las reivindicaciones catalanas y que propició su autogobierno, por eso merecería reconocimiento de ese nacionalismo catalán tan tacaño y resentido con lo español.

Dos consideraciones finales, una de carácter general y otra más personal, para la pequeña historia del periodismo. La trayectoria de Adolfo Suárez y su relato final en la historia grande debería llevar a pensar a los políticos actuales sobre su futuro y su huella en la historia. Los de ahora pelean para evitar críticas, las taponan, conspiran contra quienes regatean elogios, buscan aplausos fáciles… y como consecuencia su huella se queda en poco, cuando se vayan no merecerán ni un obituario; llegaron, pasaron y nada hubo. Personajes menores, sin proyecto, carentes de audacia. Es lo que abunda y por eso pasa lo que pasa.

Cuando Suárez llegó a la Presidencia del Gobierno (verano de 1976) el diario El País llevaba unas semanas en el quiosco, ya vendía bien, lo hizo desde el primer día, pero su futuro era incierto, abierto. El relevo de Arias Navarro suponía una oportunidad y un riesgo para el nuevo diario. Recuerdo bien aquella tarde y la enigmática respuesta de Fernández Miranda: estoy en condiciones de proponer al Rey lo que espera.

En la calle Miguel Yuste, en las plantas de arriba, esperaban que Areilza fuera el elegido; estaba preparada la entrevista y una recepción editorial esperanzadora, de aliento a otra forma de gobernar. El cálculo era muy infundado, nunca tuvo posibilidades Areilza, pero la ilusión ofusca. La designación de Suárez produjo consternación, más de lo mismo, un falangista desteñido, la crítica del nuevo diario fue dura. Pero en la redacción el sentimiento fue muy distinto; con Areilza en el Gobierno El País hubiera sido el diario oficial, y eso hubiera sido fatal para el nuevo y joven diario. Contra Suárez El País pudo desplegar sus capacidades profesionales y convertirse en el diario de referencia de la transición. Crítico, pero también leal en lo esencial. Suárez fue una bendición para El País, y aquella redacción supo intuirlo. La tensión contra Suárez les fue bien a ambas partes, al Presidente del gobierno y al diario independiente de la mañana.