Évole no se equivocó, pero no hizo periodismo

Dicen que los periodistas viejos nos ponemos “estupendos” criticando a Évole por su docu-ficción acerca del 23F. Incluso añaden que ante el manifiesto fracaso profesional que nos agobia, más vale callar y descubrirse ante el talento de Évole. Estoy descubierto desde hace tiempo, Évole es lo más fresco que ha llegado al periodismo y a la televisión desde hace años, mezcla de talento, audacia, y sencillez. Respecto al periodismo porque las entrevistas y los temas abordados por Évole forman parte de lo mejor de nuestra profesión. Y a la televisión, tan traumatizada siempre por la audiencia, porque, con más talento que recursos, Évole se ha colocado en la cabecera de la innovación y del éxito.

Dicho lo cual el docu-ficción del domingo fue un golpe de audacia y de acierto; pero complica la vida al periodismo. Algo debía intuir Évole cuando decidió no incluir la pieza en la nómina de “Salvados” para considerarla como singular, especial y fuera de la serie. Algo debía intuir acerca de la polémica cuando argumentó que hay lagunas en la historia del 23F y que los archivos están cerrados. Pero precisamente ese argumento podía haber animado a Évole a construir un gran reportaje sobre los agujeros del caso y los candados que cierran el acceso a una documentación que puede ser valiosa para iluminar las zonas obscuras. Es un reto a la altura de Évole y de sus capacidades y posibilidades.

El docu-ficción rechina a los viejos periodismo porque tiene un encaje complicado en lo que llamamos la naturaleza de la profesión, su lex-artis y su fundamento deontológico. Todo eso existe y es conocido; y justifica que nuestra Constitución (y muchas otras) dediquen artículos y derechos al ejercicio del periodismo. Por ejemplo “el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional”, que acompañan al derecho “a comunicar o recibir libremente información VERAZ por cualquier medio de difusión”. Las mayúsculas de veraz las he puesto yo porque precisamente la veracidad, la búsqueda diligente de la verdad (copio la doctrina del Supremo y del Constitucional) significa el corazón y la espina dorsal del ejercicio profesional. Y cuando la verdad se desdeña no hay periodismo profesional. Hay más elementos, pero la búsqueda de la verdad es central, decisiva, imprescindible. Se puede argumentar que el docu-ficción supone una ironía en la búsqueda de la verdad, un quiebro inteligente, pero me parece que en este caso fue más allá del perímetro razonable para la ironía o la burla que son recursos para según qué ocasión.

La ficción también genera derechos, los de la creación intelectual; pero la novela no es historia, ni el arte requiere copiar o reflejar la realidad. Como obra de ficción la pieza sobre el 23F me parece normal, construido de atrás adelante con un trayecto demasiado simple. Desde muy pronto se notaba inverosímil, mezcla de humorada e ironía. Esto es opinable, pero no parece que estemos ante una obra de culto.

Sí me llama la atención, y me parece significativo de una época, la complicidad de los actores del docu-ficción. Demuestra la seducción que tiene la televisión. Convocados ante la cámara son pocos los que rehúyen. La fuerza del medio es impresionante, lo que no sale en la televisión parece que no merece la pena, que no será valorado. Los que salen en pantalla son los importantes, los elegidos.

El personal lo pasó bien con la serie, gustó; no será cierto, dicen algunos, pero ¿qué es cierto?, ¿acaso los telediarios cuentan la verdad? Y este es otro extremo sugestivo que a los viejos periodistas que se creen la profesión les perturba. El relativismo acerca de la realidad y la ficción es indicador de un tiempo líquido, ambiguo, verosímil y de bajo crédito.

La televisión es un artefacto poderoso, va mucho más allá del periodismo y de la información. También es entretenimiento, ficción, compañía. La televisión mezcla los géneros y genera nuevos formatos de enorme influencia. Las series, que parecían género menor del cine, atraen a los grandes actores, directores, guionistas porque son formatos de gran éxito y penetración.

Évole ha sido audaz, sus jefes que han tolerado la emisión también. A los viejos periodistas no nos ha gustado, pero el problema es nuestro, no de Évole. Nuestro porque estamos bajo sospecha, porque los telediarios y los diarios y los demás formatos con pretensiones, también sufren la tentación del docu-ficción, al dictado de las fuentes y de quienes hacen la agenda informativa, lejos de la salas de redacción.

P.D. Y simultáneamente a la emisión del docu-ficción, otra cadena emitió un sucedáneo de entrevista con un entrevistador grosero y un entrevistado tontorrón que no consigue el menor de los respetos que merece un expresidente del Gobierno. Decepcionante. La ley de los gases dice que los espacios vacíos se llenan con cualquier cosa que se mueva. El vacío del periodismo se lleva de oportunismo, la responsabilidad es del periodismo.