Las leyes de estupidez y el debate independentista

En política y en general en la acción social, los primeros movimientos suelen tener buen cálculo, los primeros objetivos se alcanzan con éxito prometedor; luego las cosas se empiezan a complicar, y hasta se puede perder el control. A veces llega el invierno ruso que obliga a penosas retiradas cuando casi se alcanza la tierra prometida. Dejarse llevar por las bases, por la presión social, puede llevar a esas consecuencias.

El caso del soberanismo escocés, tan ilustrativo para el catalán, atraviesa por las primeras fases de descontrol; primero sintieren la euforia de acercarse a la tierra prometida, llena de miel y frutas frescas; luego empezaron a percibir los obstáculos, ahora dicen que son barreras menores, tigres de papel. Advierten que a los ingleses no les interesa perder el mercado escocés, que los europeos no podrán vivir sin Escocia, que el euro es indudablemente escocés… pero son argumentos reversibles, con el agravante de que los que están en el eje del vértigo son ellos.

En Europa aprendieron la lección de que los referéndums son peligrosos, que el personal no contesta a lo que le preguntan sino que responde a estados de ánimo o a otros sentimientos. No es probable que Europa vuelva a plantear un referéndum (sin demérito de modelos a la suiza donde se pregunta mucho sobre asuntos locales) y el previsto en Escocia y pretendido en Cataluña goza de muy pocas simpatías, menos aún cuando se reviste de práctica de democracia elemental.

El debate escocés, una vez que el Gobierno de Londres aceptó el reto de una consulta con pregunta inequívoca y pactada, parecía discurrir por cauces propios de caballeros británicos, educados y distantes. Mera apariencia, los asuntos de soberanía que llevan a amputaciones históricas, no pueden ser amables, cursan con tensión, muchas veces hasta con violencia no buscada, y siempre producen heridas difíciles de curar. En Escocia se empieza a agriar el debate y pronto se escucharán argumentos desagradables.

Y con respecto al caso catalán está solo empezando; los sentimientos de incomprensión y desdén por ambas partes están en fase germinal; a medida que se desplieguen argumentos y posiciones crecerá la desavenencia; cuando sale el genio de la lámpara no es para pacificar y volver a meterlo suele ser más difícil que sacarlo. Cuando los escoceses decidan, y su indicación será relevante para catalanes y españoles, las alternativas políticas disponibles para el Gobierno catalán serán pocas, salvo asumir una confrontación inquietante. Quedará la puerta de unas elecciones con el argumento básico de la independencia y un desarrollo posterior plagado de incertidumbres.

Carlo M. Cipolla, historiador y demógrafo, expuso las leyes fundamentales de la estupidez humana en las que clasificaba los comportamientos de incautos, malvados, inteligentes y estúpidos. Los primeros producen a otros un bien, sin provecho propio; los segundos obtienen beneficio propio procurando pérdida o mal a los demás; los terceros obtienen beneficio y procuran provecho a los demás. Los estúpidos causan perjuicios a otros sin obtener provecho alguno. Me pregunto sobre los prototipos que dominan el debate soberanistas/independentista y me sale que hay más estupidez que maldad, sin espacio para incautos o inteligentes.