Con el despido de Pedro J., ganan los políticos

Pretender que los accionistas de Unidad Editorial despiden a Pedro J. por los resultados de la compañía es una excusa de mal pagador, no tiene pase. Que El País la ampare y divulga es otra prueba de lo mal que vamos. Por esa razón no quedaría títere con cabeza en buena parte del sector y, desde luego en toda la cúpula del propio grupo editor de El Mundo y de los demás. De Pedro J. se pueden decir muchas cosas, pero su liderazgo y dedicación están fuera de discusión, gana todos los concursos. Me parece una tomadura de pelo el agradecimiento del consejo de administración de Unidad Editorial a Pedro J. por su: “Brillante trayectoria, su forma de entender el periodismo con independencia y rigor, su profesionalidad y su capacidad de liderazgo… han sido sin duda determinantes en los éxitos de El Mundo y su indiscutible influencia en la sociedad española”. Entonces ¿por qué le despiden? Irritante declaración plagada de cinismo y mala conciencia.

Es evidente que por delante y por detrás del despido del director de El Mundo hay intereses políticos y varias venganzas. Del Rey abajo, pasando por Rajoy y Rubalcaba, son muchos los que hoy festejan lo ocurrido. Y eso es un dato que hay que retener porque no es solo Pedro J. la víctima de una conspiración que lleva mucho tiempo fraguándose y que ha tenido diversos muñidores con distintas versiones.

Finalmente ha ocurrido lo más sencillo, el consejo de administración despide al primer ejecutivo y promotor, sustentador y animador del proyecto. Todo legal, incluso legítimo, pero que patina en las explicaciones. El aviso a navegantes es contundente. El que se mueve no sale, el que no es razonablemente respetuoso con lo establecido pierde la posición.

Los periodistas jugaron un decidido y decisivo papel acompañante del proceso de transición política española, durante los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia. Colocaron a la sociedad española ante el espejo de su propia realidad y de sus aspiraciones; tanto que alcanzaron un cierto poder, influencia social. No es este el momento de hacer autocrítica de cómo se utilizó, sino de constatar que con el despido de Pedro J. los periodistas vuelven a perder y los políticos a ganar algo más de impunidad. Ha sido un largo proceso cuyo comienzo data del proceloso y subterráneo proceso de adjudicación de licencias audiovisuales a principios de los años ochenta. De entonces acá han sido muchas las concesiones, las entregas, las derrotas del periodismo.

Ahora se abre una nueva etapa, más confortable para el poder político (y algunos otros). La ausencia de ministros en la última entrega de premios El Mundo se pone ahora en valor. Pero también aflora que entre periódicos y poderes políticos las concupiscencias se pagan, porque los intereses de ambos son contradictorios. La virtud está en saberlo y evitarlo, gestionarlo con distancia; el riesgo está en la cercanía, el sol abrasa a las mariposas que se acercan, seducidas por el brillo.

Con el despido de Pedro J. acaba una época y se abre otra más incierta aún, que tendrá otros protagonistas. El rescate del periodista va a llevar mucho tiempo y cuyos protagonistas serán otros periodistas que son ahora víctimas de contratos muy precarios. Pedro J. ha sido mucho en el periodismo español, quizá demasiado. Pero nadie le puede regatear talento, dedicación, entusiasmo y fuerza.