Jueces, fiscales y políticos en el barrillo

Jueces y fiscales andan a la greña, para regocijo de los espectadores que cada día disfrutan de un nuevo capítulo en la comedia cotidiana, un culebrón con entrega diaria para sostiene la tensión. Y al fondo se mueven políticos y personalidades con privilegios de Estado que cuando tropiezan con la Justicia, por méritos propios o incitación ajena, añaden más espectáculo.

El juez que instruye en Barcelona el caso de las ITV con un Pujol en primer plano, reprocha al fiscal anticorrupción encargado del caso que difunda una nota de prensa simultáneamente al escrito de acusación enviado al instructor. ¿Teme el fiscal que el juez de carpetazo o desatienda la acusación? En la defensa del imperio de la ley jueces instructores y fiscales deberían transitar por el mismo sendero aunque sus funciones no sean idénticas.

Más seria es la discrepancia entre el fiscal y el instructor del caso Urdangarin, y su ampliación a Cristina de Borbón. Hay pocas dudas de los movimientos subterráneos para influir en la instrucción, han intervenido tirios y troyanos, incluidos agentes del CESID que siempre que anda el Rey por medio son especialmente activos.

Los cruces de escritos (varios) entre el juez Castro y el fiscal Horrach, viejos amigos que ahora se confrontan con acritud, indican sobreactuaciones, fruto de una tensión que concluye en irritación. El auto de imputación de Cristina de Borbón es buen ejemplo de sobreactuación; un auto sin precedentes por lo extenso, por los juicios y acusaciones que contiene, y por lo que supone de provocación al fiscal, que no comparte el auto, y a la sala que objetó la imputación anterior.

Con la misma irritación que Castro, aunque con menos palabras y tinta, el fiscal Horrach le ha dado una lección a su viejo amigo y compañero para dejarle al borde de la prevaricación con el argumento de que el instructor, que goza de autonomía e independencia, no puede ir tan lejos en sus juicios y conclusiones.

Fríamente considerado el fiscal es más contundente y profesional que el instructor, pero ante la opinión el fiscal es un entregado al Gobierno y a la Corona, y el juez un heroico hombre de justicia al que van a parar en breve por intentar llegar demasiado lejos con la familia del Rey sometida a investigación minuciosa para buscar donde hacer daño. El debate sobre el paseíllo del sábado por la rampa que lleva al juzgado en un semifestivo es deprimente. Si la señora Borbón (o Urdangarin) debe o no pasar por la prueba delante de decenas de cámaras en busca de un gesto novedoso no puede ser prueba de igualdad de oportunidades.

Cuando las aventuras sentimentales del Presidente de Francia desplazan el contenido del plan de reformas económicas más ambicioso de los planteados durante la última década, quiere ello decir que el debate político está gripado, arruinado. En París y en Palma, Barcelona o Madrid domina el circo de Manolita Chen, que no es una añadida sugerente de la feria, sino la feria misma.

Jueces, fiscales e imputados están metidos en el barrillo del espectáculo y la escandalera; dominan las imágenes efímeras, llamativas e interpretables que se apropian del espacio y de la conversación política. Todo es bueno para la caldera, se trata de que el fuego se extienda y llegue alto. La bronca en directo por la radio de un presidente autonómico y el director de un diario es el tema del día; no se entiende lo que dicen, pero suena a barrillo. ¡Vaya tropa!

fgu@apmadrid.es