La Moncloa y la prensa de cabecera

El incidente del presidente Rajoy y su equipo de prensa a cuenta de la entrevista que concedió a Bloomberg en Nueva York fue más que un accidente o un equívoco; allí hubo choque de mentalidades y costumbres. Para los del Gobierno español las preguntas de la periodista se extralimitaron, no fue lo que esperaban de un medio especializado en finanzas para un jefe de Gobierno de visita en las Naciones Unidas. Por eso trataron de embargar la parte incómoda en las reseñas para los españoles fracasando en el intento y poniendo en evidencia que algo no funciona.

Rajoy es (o debería ser) una persona capaz de responder cualquier pregunta, por experiencia acumulada y por sentido común. Evitarle las entrevistas o conducirle solo hacia las poco comprometidas es como dejar en el banquillo al mejor del equipo cuando hay que jugar los partidos importantes. La falta de hábito sólo limita las capacidades y Rajoy, a base de evitar entrevistas de fuste, se instala en el aburrimiento y la banalidad, habituado a hablar solo con los suyos pierde perspectiva. Es un problema como para analizarlo en la Moncloa, sacar conclusiones y buscar remedio.

Durante el franquismo, hasta la fase final, dominó el oficialismo, los periodistas, básicamente, formaban parte del sistema. Los años finales, tras la ley de prensa de Fraga la situación se fue modificando hacia un sistema abierto y homologable con el de las democracias. Durante aquellos años, y desde luego en la fase de transición, la relación del Gobierno y los periodistas fue intensa, tensa, sugerente e incluso apasionante para ambas partes.

Con la consolidación de la democracia esa tensión se ha enfriado, los medios se han ido alineando con los partidos y los gobiernos con posiciones cada vez más previsibles y aburridas. Soy de los que piensan que a eso se debe la caída de la difusión, más que a la crisis económica y a la revolución tecnológica. La previsibilidad de los medios conspira contra ellos mismos y también contra la democracia, mientras que los políticos y los gobiernos aplican la tesis de “ande yo caliente, ríase la gente”.

Buen ejemplo de esa desmovilización y alineamiento se nota en la sala de prensa de la Moncloa, regida por las reglas del inquilino del salón (el dueño es el pueblo español) que impone los procedimientos. Recientemente Albert Montagut señalaba con acierto que los del equipo de información de la Casa Blanca nunca osarían ocupar la primera fila de la sala de prensa de la Casa Blanca. Es un mero símbolo pero sirve para señalar quien manda; en la sala de prensa de la Moncloa manda la secretaría de Estado de Comunicación y los periodistas están de prestado; van a escuchar y alguna vez a preguntar.

El formato de las conferencias de prensa lo decide el Gobierno y los periodistas se aguantan y si en algún caso se sienten afectados u ofendidos sus directores les tranquilizan. Un Gobierno con mayoría absoluta tiene pocas ganas de dar explicaciones, tiene los votos y punto. Es el mismo razonamiento falaz que el derecho a la consulta de los independentistas. Democracia pura, democracia mala y falseada.

El formato de conferencias de prensa con medio centenar o un centenar de periodistas que no comparten objetivos es poco útil, pero a base de ir achatarrando los formatos el ejercicio del periodismo se va al rincón de los trastos inútiles. Las conferencias de prensa en Moncloa pueden ser uno de esos trastos. Allí manda el Gobierno y los periodistas obedecen.

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