Mandela tan admirado como poco imitado

La muerte de Nelson Mandela ha llenado todos los noticiarios y muchas páginas de los diarios, algunas de ellas de excelente factura. El bien periodismo brilla en estos caos, desde luego que por encima de la literatura que brindan, de oficio, los políticos con cargo que, generalmente auxiliados por el negro de turno publican luego una pieza que pueden no haber leído y que, desde luego, no sienten. No todos pero si un número muy significativo.

De Mandela se ha dicho casi todo lo que se puede decir, su autobiografía es uno de esos libros que merecen la pena y de los libros publicados sobre su trayectoria hay suficientes como para entender la dimensión moral, política y humana del personaje. Sus funerales y entierro van a ser una de las manifestaciones públicas más emocionante y grandiosas de la historia reciente y menos reciente. Si el entierro de Víctor Hugo fue uno de los grandes acontecimientos de Francia, las exequias de Mandela no van a quedar en menos.

El valor del personaje se resumen una de las frases del artículo que le dedicó el anterior director del New York Times, Bill Keller, “Consiguió que toda la sociedad cambiara de opinión”, así de sencillo. La sociedad sudafricana protagonizó a instancia de Mandela una historia que nunca imaginó y para la que no creía estar equipada.

Mandela es tolerancia, dignidad, ausencia de rencor, confianza y también firmeza para alcanzar el objetivo: una sociedad en paz capaz de soportarse y caminar hacia la democracia y la libertad. “El odio enturbia la mente e impide ejecutar la estrategia”, la proposición es de valor sobresaliente, probablemente una de las relevantes de las que Mandela trasmite a los dirigentes políticos.

Los que estos días le ensalzan y le reconocen como el héroe del siglo XX, símbolo y mito, no es probable que hayan reparado y reflexionado sobre el alcance de la proposición de Mandela. Uno de los problemas de los enfrentamientos políticos que dominan el panorama en España y en otros países (no digamos en los Estados Unidos) se sostiene y alimenta por el rencor, por la ausencia del menor reconocimiento al adversario, lo cual enturbia la mente y complica las estrategia.

El juicio que el Gobierno actual hace del anterior está enturbiado por el rencor, y lo mismo sirve a la inversa, la posición de la oposición también sufre de ofuscación rencorosa. El rencor complica el consenso. Casi nadie imagina que la reforma constitucional, que todos admiten como conveniente, sea posible precisamente por ese rencor que les enturbia la mente. Basta escuchar sus declaraciones diarias, sus explicaciones de la realidad. Hablan de Mandela pero apenas han entendido su mensaje y su propuesta. Algo semejante a lo que ocurrió con Gandhi. Se les admira pero ni se les imita no se atiende su legado.